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domingo, 9 de febrero de 2014

El diluvio universal

Este fin de semana nos fuimos al pueblo a visitar a los abuelos. Hacía algún tiempo que no pasábamos unos días con ellos. Aunque hablamos por teléfono todas las semanas para saber cómo están, a mí no me parece suficiente y la verdad es que les echo mucho de menos. Sobre todo los abrazos de oso del abuelo, el pan recién hecho de la abuela, el maravilloso paisaje de la granja e incluso el poder ayudar a acomodar a los animales. Por eso, cuando papá propuso ir a verlos, todos aceptamos encantados.

Llegamos el sábado por la mañana y el abuelo ya estaba esperándonos en la entrada. Salí corriendo del coche para saludarlo y acurrucarme en su pecho. Allí, protegida por sus brazos y abrigada por su calor, era donde más segura me sentía, y sin duda, uno de mis sitios preferidos.

-Yo también te echaba de menos mi pequeña -me susurró al oído.

-Venga, vamos, entrad en casa que os váis a mojar. Solo faltaba que os pusierais enfermos -dijo la abuela desde la puerta, apurándonos para que entrásemos.

-¡Hola abuelita! -grité al tiempo que me acercaba para besarla.

Una vez dentro de la casa, nos fuimos al salón para calentarnos al lado de la chimenea. Mamá nos mandó a mi hermano Pedro y a mí que nos quitásemos las chaquetas y las botas para que no nos enfriásemos. Aunque fuera de la granja hacía mucho frío y llovía sin parar, allí dentro se estaba muy bien. Mientras nos poníamos cómodos, apareció la abuela con un chocolate caliente y galletas. ¡Qué bien olía! ¡Y qué buenísimo estaba! 

Mientras saboreaba el chocolate, pensaba que todo era perfecto, bueno, todo menos la lluvia. Probablemente tendríamos que pasar el fin de semana en el interior de la casa sin poder salir, ya que todo estaba embarrado por las intensas lluvias de los últimos días. Y yo pensando que tal vez allí, en la granja, no llovería, que al estar en la montaña, saldría el sol…pero me equivocaba.

En la ciudad llevábamos muchos días en los que no paraba de llover. Tantos, que ya no recuerdo cuando fue la última vez que salió el sol. Es más, empezaba a dudar de su existencia. A veces daba la sensación como si hubiese una cañería rota en el cielo y no fuesen capaces de arreglarla. Hasta hubo un día que estuve tentada a decirle a mi papá si conocía algún fontanero bueno para mandarlo allá arriba, aunque seguro que se hubiese reído de mí, así que mejor me lo guardé y no comenté nada. Incluso llegué a pensar que a lo mejor la Señora Crisis tenía algo que ver, porque con tantos recortes que sufríamos, no me extrañaría nada que también quisieran recortarnos el sol.

Aunque lo peor de esta situación, la vivíamos en el colegio. Debido a este tiempo no teníamos recreo, bueno, tener lo teníamos, pero en el polideportivo o en la clase ya que no podíamos salir al patio porque siempre estaba mojado. Claro que la que estaba encantada era la señorita Paula, nuestra profesora, porque así aprovechábamos para repasar y hacer los deberes. A pesar de que intentamos protestar, todo fue inútil, ella nos convencía diciéndonos que así adelantábamos trabajo. No entiendo por qué tanta prisa por adelantar materia, total el curso no iba a terminar antes. Era curioso, que con tantos recortes en educación y esa era una de las pocas cosas que no se recortaban.

Por eso venir estos días al pueblo era una forma de despejarnos, a pesar de que la lluvia no nos daba tregua y seguía acompañándonos. Parecía como si las nubes hubiesen decidido venirse con nosotros de fin de semana.

-Esto es horroroso, no deja de llover, esto ya parece el diluvio universal -comentó la abuela muy seria.

-¿El diluvio universal? ¿Y eso qué es? -pregunté intrigada.

-¿Cómo es posible que no sepas lo que es? ¿Pero qué os enseñan en la escuela? -dijo muy sorprendida.

-Pues nos enseñan matemáticas, lengua, geografía, historia, etc. Pero de diluvios aún no dimos nada, ni siquiera sé que asignatura es. A lo mejor nos toca en la ESO, pero en primaria ya te digo yo que no -respondí muy formal.

Automáticamente las carcajadas inundaron el salón. No entendía qué había dicho de gracioso, pero hacía tiempo que eso ya no me molestaba. Sabía que los mayores son así y seguro que habría una explicación lógica a todo aquello. Después de unos minutos de risas, el abuelo se acercó a mí y fue él quien me desveló el misterio.

Me contó que era una historia de la Biblia, donde se relata que Dios viendo la maldad en el hombre, decidió enmendarla destruyéndolos. Fue así que le pidió a Noé, un sumo sacerdote, bueno y justo, que construyese un arca. En ella irían él, su esposa, sus hijos y las esposas de estos. Además de una pareja de animales de cada especie para repoblar la tierra. Una vez estuvo construida el arca, Dios abrió las nubes y llovió durante cuarenta días y cuarenta noches destruyendo todo lo que encontraba. Pasado este tiempo dejó de llover y pudieron salir del arca.

-Que historia más triste abuelo -hablé apenada.

-Bueno María, no es más que una leyenda y la razón por la que cuando llueve mucho se dice que parece el diluvio universal -me explicó.

-Pues ahora llevábamos muchos más días lloviendo sin parar ¿acaso viene otro diluvio? -pregunté preocupada.

-No cariño, tan solo es agua. Tranquila que parará muy pronto -me contestó el abuelo con una sonrisa.

De todas formas me pareció un relato cruel. Quizás los hombres no seamos todo lo buenos que deberíamos y muchas veces somos malos e injustos con nuestros semejantes, pero de ahí a destruirnos con un diluvio, me parece terrible. A pesar de todo, no me importaba lo que lloviese, estando en la granja rodeada de mi familia, estaba segura de que nada malo podría pasarme. Al final fue un fin de semana estupendo y ninguna lluvia logró estropearlo.

jueves, 25 de abril de 2013

La leyenda de San Jorge

Esta mañana, cuando entramos en la clase, pudimos observar que en cada pupitre había un pequeño libro. Después de saludar a nuestra profesora, la señorita Paula, nos pusimos a ojearlo curiosos, mientras nos preguntábamos qué hacía allí. Era parecido a un cuento, tenía las pastas de color rojo y en el centro había un dibujo que representaba a un caballero a lomos de su caballo. Este se encontraba luchando contra un enorme dragón que escupía fuego por la boca. El título estaba escrito en letras de color dorado, y decía: “La leyenda de San Jorge”

Entonces nuestra profesora nos explicó que aquel libro era un pequeño obsequio para nosotros, ya que el 23 de abril se celebraba el Día Internacional del Libro. Nos preguntó si alguno sabíamos porqué era precisamente ese día y no otro, pero no hubo respuesta. Todos nos quedamos en silencio sin saber que contestar.

-Al parecer este día concuerda con el nacimiento de William Shakespeare y Miguel de Cervantes, símbolos de la literatura universal -nos reveló la señorita Paula.

-Pues podía habernos regalado un libro de esos autores y no uno de caballeros y dragones -habló uno de los niños en tono irónico, lo que provocó las risas de los demás.

-Os he regalado ese, porque hoy también celebramos el día de San Jorge. Es una de las jornadas grandes en Aragón y Cataluña. Además en esta última, la costumbre es regalar un libro y una rosa -nos contó la profesora.

-¿Por qué una rosa? -pregunté intrigada.

-La respuesta María, está dentro de ese libro. Y ya que has sido tú la que lo has preguntado, serás tú la que lo lea para toda la clase -me respondió.

-Muy bien -le dije, al tiempo que me levantaba y comenzaba a leer.

“Hace mucho, mucho tiempo, los habitantes de una ciudad del Reino de Aragón, vivían tristes y atemorizados por un gran dragón que habitaba en una cueva a las afueras de la ciudad. Este siempre estaba hambriento y se acercaba a la ciudad en busca de comida. Despedazaba todo a su paso y se comía todo lo que encontraba. De su boca salían bolas de fuego que quemaban las cosechas y con su enorme cola destrozaba las casas de los pobres ciudadanos.

El Rey, cansado de esta situación, decidió hacer un trato con el dragón. Le propuso darle a comer una oveja cada día, a cambio de que dejase en paz a la ciudad y a sus gentes. El dragón aceptó el trato y a partir de aquel día la paz volvió al reino.

Pasados unos meses, las ovejas se terminaron, se las había comido todas y ya no quedaban más. El Rey pensó que si no le daban ninguna, no se daría cuenta y no pasaría nada…pero se equivocaba. El dragón se presentó en la ciudad, enfurecido y escupiendo fuego, al tiempo que gritaba:

-Has roto nuestro trato, a partir de ahora me darás una muchacha cada día para comer.

-Pero cómo voy hacer eso, lo que me pides es imposible -respondió el Rey.

-Si no lo haces, destruiré esta ciudad y no dejaré rastro de ella -rugió el dragón.

El Rey convocó a todos los habitantes en la plaza de la ciudad, para que decidieran entre todos que podían hacer. La gente pensaba que no podían darle a sus jóvenes, aunque si no lo hacían, acabarían muriendo todos. Fue así, como después de mucho pensar, decidieron aceptar lo que el dragón les pedía. Harían un sorteo entre ellas y le entregarían a quien le tocase, fuese quien fuese.

Pero llegó el día en que le tocó a la hija del Rey. Este estaba desconsolado y no dejaba de llorar por los pasillos del palacio. Pero la princesa, que era muy valiente, decidió que tenía que cumplir con su obligación. Fue así como se despidió de su familia y se dirigió hacia la cueva del dragón. Por el camino se encontró con un caballero de armadura blanca y brillante lanza. Él, al verla tan triste se detuvo ante ella y le preguntó:

-¿Adonde vas bella muchacha?

-Soy una princesa que va a cumplir con su pueblo. Voy hacia la cueva del dragón para que me devore -contestó apenada la hermosa joven.

-Eso no puede ser princesa. Yo os salvaré, a ti y a todo tu reino.

El caballero, de nombre Jorge, salió hacia la cueva del dragón, donde le retó. Tras una gran batalla, le clavó su blanca lanza en el pecho y lo mató. Donde cayó la sangre derramada por el dragón, brotó un rosal de hermosas rosas rojas. El caballero arrancó la más bella y se la entregó a la princesa. La montó a lomos de su caballo y juntos partieron hacia el castillo. Todo el pueblo celebró su hazaña con una gran fiesta, y  el Rey, tremendamente agradecido, le dijo que podía pedir lo que quisiera.

-Tan solo quiero una cosa majestad, la mano de vuestra bella hija -contestó el caballero.

-Sea pues -habló el Rey.

Así nace la tradición de que, el día 23 de abril, día de San Jorge, todos los enamorados les regalen una rosa a sus novias.

Este fue el final de la historia, y aquella era la razón por la que se regalaban rosas ese día. A todos nos gustó mucho la leyenda, y nos pasamos el resto de la mañana comentándola y dibujando dragones, caballeros y princesas. Aunque lo que más me impactó, fue cuando al salir de clase, Lucas me llamó a un lado. Al aproximarme, me entregó una preciosa rosa roja de papel que había confeccionado para mí. Me quedé mirándola sin saber qué decir, y lo único que atiné a balbucear fue que yo no era su novia para que me hiciese ese regalo. Entonces se acercó y en voz baja me dijo: “algún día lo serás”