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miércoles, 2 de abril de 2014

Llegó la primavera...¿seguro?

Después de varias semanas de lluvias intensas, por fin, salía el sol. Supongo que era el anuncio de que la primavera estaba a la vuelta de la esquina. Todos nos sentíamos más contentos disfrutando de aquellos primeros rayos de nuestro astro rey, que nos daba calor y cargaba de energía. Parecía que la lluvia se había rendido y con un poco de suerte no volveríamos a verla en mucho tiempo. Pero como siempre, me equivocaba.

Dos días después de que la primavera hiciese su entrada oficial, de que los paragüas, chubasqueros y botas fuesen arrinconados en el fondo del armario, aparecieron unas nubes grises e inquietantes que volvían a invadir el cielo. Casi sin darnos cuenta, la lluvia volvió hacer acto de presencia y encima venía acompañada de frío y viento. Aquello parecía cualquier cosa, menos primavera.

Fue por este motivo que la señorita Paula, nuestra profesora, nos explicó que estos cambios en las estaciones no eran debidos a que el tiempo se había vuelto loco, como solían decir mis abuelos. El problema es algo más preocupante, ya que estamos inmersos en un fenómeno que se conoce como cambio climático.

-¿Alguno de vosotros sabría decirme que es el cambio climático? -nos preguntó la maestra.

-El cambio de las estaciones: otoño, invierno, primavera y verano -contestó uno desde el fondo de la clase.

-Bueno, es cierto que cada estación tiene un clima distinto pero no es eso -respondió la señorita Paula con una sonrisa.

-No sé si es cierto o no, pero mi papá dice que es otro recorte del gobierno que ahora pretende recortarnos el sol -dije yo, no muy convencida.

-Pues mira María, no sería algo que me sorprendiese mucho. Aunque creo que esta vez no es un recorte -me dijo la profe entre risas.

-Creo que tiene algo que ver con el calentamiento global -habló, de pronto Lucas, muy serio.

-Muy bien, eso ya es más acertado -dijo la profe muy contenta-. Como veo que estáis un poco perdidos en este tema, dedicaremos esta semana a estudiarlo y a buscar soluciones de cómo mejorar sus efectos adversos.

Entonces nos mandó ponernos en grupos de tres, para que buscásemos información y preparásemos un trabajo para presentar a finales de semana. Por supuesto Clara, mi mejor amiga, y yo, nos pusimos juntas. La sorpresa llegó cuando el tercero de nuestro grupo resultó ser Lucas. En ese momento sentí que mi corazón se aceleraba. Imaginarme las tardes estudiando con él era algo que me encantaba. Lo malo era Clara. A ella no le gustaba nada y siempre se mostraba reacia a que estuviésemos con él.

-Vaya por dios, nos ha tocado el pesadito -dijo Clara con ironía.

-No sé porqué te cae tan mal, es un buen estudiante y nos ayudará a hacer un buen trabajo. Seguro que quedaremos de los primeros -le repliqué.

-Claro, claro, como a ti te gusta y sabes que estará tontito contigo, por eso te parece fenomenal. Pues sabes que te digo, que si os estorbo os dejo solitos en plan tortolitos -me contestó molesta.

-Por favor Clara, no seas así. Es cierto que me gusta pero podías intentar llevarte bien con él. Estoy segura de que si le dieses una oportunidad verías que es un buen chico -le dije con ojos suplicantes intentado convencerla.

-Está bien, lo haré por ti. Pero que sepas que a la mínima tontería que me diga os dejó plantados -habló muy seria.

Al final, la semana transcurrió sin incidentes. Fueron estupendos los días con Lucas, lo pasamos muy bien y creo que Clara y él empezaron a llevarse mejor. Hicimos un buen trabajo, aprendimos muchas cosas que no sabíamos y hubo momentos en los que sentimos pena por lo inhumanos que podíamos llegar a ser con nuestro planeta.

Descubrimos que el hombre, en vez de proteger a la Tierra, la contamina. Somos los mayores culpables del calentamiento global, porque expulsamos gases tóxicos a nuestra atmósfera creando así el llamado “efecto invernadero”. Esto unido a la quema de bosques y la destrucción de los árboles, que son el pulmón de nuestro planeta, provoca un empeoramiento en nuestra calidad de vida. La subida de temperaturas daña a las plantas, animales y a las personas. En algunos lugares la tierra se está secando, los glaciares se derriten y hay más inundaciones. Nosotros tenemos en nuestra mano detener esto, o al menos mitigarlo. 

Fue así como en nuestro colegio iniciamos una campaña de concienciación para que la gente tomase medidas para ayudar a conservar nuestro planeta. Algunas de las soluciones serían la utilización de energías alternativas que no contaminan, como la energía solar. Reciclar materiales como el papel, que impediría la destrucción de más árboles, también el vidrio y el plástico. Pequeños gestos que nos ayudarían a la conservación de la tierra y tampoco cuestan tanto.

Por eso el sábado por la mañana, quedamos toda la clase en uno de los descampados de la ciudad. La señorita Paula pidió permiso para que pudiésemos plantar diez árboles en aquella zona. Nos encargaríamos entre todos de cuidarlos y sería nuestra aportación para cuidar el medio ambiente. Estábamos muy contentos con la idea, al fin y al cabo éramos los herederos del planeta y en nuestras manos estaba su futuro.

domingo, 9 de febrero de 2014

El diluvio universal

Este fin de semana nos fuimos al pueblo a visitar a los abuelos. Hacía algún tiempo que no pasábamos unos días con ellos. Aunque hablamos por teléfono todas las semanas para saber cómo están, a mí no me parece suficiente y la verdad es que les echo mucho de menos. Sobre todo los abrazos de oso del abuelo, el pan recién hecho de la abuela, el maravilloso paisaje de la granja e incluso el poder ayudar a acomodar a los animales. Por eso, cuando papá propuso ir a verlos, todos aceptamos encantados.

Llegamos el sábado por la mañana y el abuelo ya estaba esperándonos en la entrada. Salí corriendo del coche para saludarlo y acurrucarme en su pecho. Allí, protegida por sus brazos y abrigada por su calor, era donde más segura me sentía, y sin duda, uno de mis sitios preferidos.

-Yo también te echaba de menos mi pequeña -me susurró al oído.

-Venga, vamos, entrad en casa que os váis a mojar. Solo faltaba que os pusierais enfermos -dijo la abuela desde la puerta, apurándonos para que entrásemos.

-¡Hola abuelita! -grité al tiempo que me acercaba para besarla.

Una vez dentro de la casa, nos fuimos al salón para calentarnos al lado de la chimenea. Mamá nos mandó a mi hermano Pedro y a mí que nos quitásemos las chaquetas y las botas para que no nos enfriásemos. Aunque fuera de la granja hacía mucho frío y llovía sin parar, allí dentro se estaba muy bien. Mientras nos poníamos cómodos, apareció la abuela con un chocolate caliente y galletas. ¡Qué bien olía! ¡Y qué buenísimo estaba! 

Mientras saboreaba el chocolate, pensaba que todo era perfecto, bueno, todo menos la lluvia. Probablemente tendríamos que pasar el fin de semana en el interior de la casa sin poder salir, ya que todo estaba embarrado por las intensas lluvias de los últimos días. Y yo pensando que tal vez allí, en la granja, no llovería, que al estar en la montaña, saldría el sol…pero me equivocaba.

En la ciudad llevábamos muchos días en los que no paraba de llover. Tantos, que ya no recuerdo cuando fue la última vez que salió el sol. Es más, empezaba a dudar de su existencia. A veces daba la sensación como si hubiese una cañería rota en el cielo y no fuesen capaces de arreglarla. Hasta hubo un día que estuve tentada a decirle a mi papá si conocía algún fontanero bueno para mandarlo allá arriba, aunque seguro que se hubiese reído de mí, así que mejor me lo guardé y no comenté nada. Incluso llegué a pensar que a lo mejor la Señora Crisis tenía algo que ver, porque con tantos recortes que sufríamos, no me extrañaría nada que también quisieran recortarnos el sol.

Aunque lo peor de esta situación, la vivíamos en el colegio. Debido a este tiempo no teníamos recreo, bueno, tener lo teníamos, pero en el polideportivo o en la clase ya que no podíamos salir al patio porque siempre estaba mojado. Claro que la que estaba encantada era la señorita Paula, nuestra profesora, porque así aprovechábamos para repasar y hacer los deberes. A pesar de que intentamos protestar, todo fue inútil, ella nos convencía diciéndonos que así adelantábamos trabajo. No entiendo por qué tanta prisa por adelantar materia, total el curso no iba a terminar antes. Era curioso, que con tantos recortes en educación y esa era una de las pocas cosas que no se recortaban.

Por eso venir estos días al pueblo era una forma de despejarnos, a pesar de que la lluvia no nos daba tregua y seguía acompañándonos. Parecía como si las nubes hubiesen decidido venirse con nosotros de fin de semana.

-Esto es horroroso, no deja de llover, esto ya parece el diluvio universal -comentó la abuela muy seria.

-¿El diluvio universal? ¿Y eso qué es? -pregunté intrigada.

-¿Cómo es posible que no sepas lo que es? ¿Pero qué os enseñan en la escuela? -dijo muy sorprendida.

-Pues nos enseñan matemáticas, lengua, geografía, historia, etc. Pero de diluvios aún no dimos nada, ni siquiera sé que asignatura es. A lo mejor nos toca en la ESO, pero en primaria ya te digo yo que no -respondí muy formal.

Automáticamente las carcajadas inundaron el salón. No entendía qué había dicho de gracioso, pero hacía tiempo que eso ya no me molestaba. Sabía que los mayores son así y seguro que habría una explicación lógica a todo aquello. Después de unos minutos de risas, el abuelo se acercó a mí y fue él quien me desveló el misterio.

Me contó que era una historia de la Biblia, donde se relata que Dios viendo la maldad en el hombre, decidió enmendarla destruyéndolos. Fue así que le pidió a Noé, un sumo sacerdote, bueno y justo, que construyese un arca. En ella irían él, su esposa, sus hijos y las esposas de estos. Además de una pareja de animales de cada especie para repoblar la tierra. Una vez estuvo construida el arca, Dios abrió las nubes y llovió durante cuarenta días y cuarenta noches destruyendo todo lo que encontraba. Pasado este tiempo dejó de llover y pudieron salir del arca.

-Que historia más triste abuelo -hablé apenada.

-Bueno María, no es más que una leyenda y la razón por la que cuando llueve mucho se dice que parece el diluvio universal -me explicó.

-Pues ahora llevábamos muchos más días lloviendo sin parar ¿acaso viene otro diluvio? -pregunté preocupada.

-No cariño, tan solo es agua. Tranquila que parará muy pronto -me contestó el abuelo con una sonrisa.

De todas formas me pareció un relato cruel. Quizás los hombres no seamos todo lo buenos que deberíamos y muchas veces somos malos e injustos con nuestros semejantes, pero de ahí a destruirnos con un diluvio, me parece terrible. A pesar de todo, no me importaba lo que lloviese, estando en la granja rodeada de mi familia, estaba segura de que nada malo podría pasarme. Al final fue un fin de semana estupendo y ninguna lluvia logró estropearlo.

jueves, 18 de julio de 2013

Final de las mini vacaciones con "Hora Meiga"

Que razón tenía mi mamá cuando decía que lo bueno duraba poco. Después de pasar unos días en la granja de los abuelos, esta tarde tuvimos que regresar a casa. Me dio mucha pena tener que irme ya que pasamos una semana estupenda. Disfrutamos de unas maravillosas mini vacaciones durante las cuales estuvimos muy sosegados, sin agobios y sin el calor asfixiante que hacía en la ciudad. Además de poder bañarnos en la piscina que el abuelo construyó para nosotros y que se convirtió en el mejor regalo del verano.

La vida en la granja era muy tranquila. Por las mañanas nos levantábamos sobre las once y hacíamos el reparto de tareas. Mi hermano Pedro, papá y el  abuelo se dedicaban a cuidar a los animales, mientras mamá, la abuela y yo ordenábamos la casa para luego ponernos a preparar la comida. Nos lo pasábamos muy bien ayudando en lo que podíamos a los abuelos. Además ellos se lo merecían todo, porque eran muy buenos con nosotros y siempre tenían sonrisas y buenas palabras para mi hermano y para mí.

Al terminar de comer nos íbamos para la piscina y nos tirábamos allí casi toda la tarde. Mi papá se tumbaba en una hamaca y solo decía que aquello sí que era vida. Se le veía tan feliz y relajado que ni las noticias le afectaban. Así transcurrían los días en la granja, llenos de paz y tranquilidad y eso se notaba en el estado de ánimo de todos. Pero lo que más me gustaba era ver a mis padres tan contentos y despreocupados, era como si la Señora Crisis, los políticos y todos los problemas hubiesen desaparecido allí en la montaña.

Aunque lo mejor sucedió en el fin de semana. La abuela había invitado a mi amiga Andrea, la niña que tenía hiperactividad y que era rechazada por los niños del pueblo, a pasar los últimos días conmigo. Me encantó volver a verla porque era una niña estupenda a pesar de lo que decían los demás. Pero reconozco que era un poco impulsiva y nos dio algún que otro susto. Sin embargo, no fue nada que con mucho amor y comprensión no pudiésemos solucionar.

Así, sin apenas darnos cuenta, pasó aquella maravillosa semana. Ninguno de nosotros quería irse, y era lógico, con lo bien que estábamos allí ¿quien iba a querer regresar? Fue por eso que el abuelo quiso invitarnos, la última noche, a cenar en el pequeño restaurante que había en el pueblo.  Además nos dijo que iba a haber una actuación de un grupo musical y que lo pasaríamos muy bien. Andrea y yo estábamos encantadas con la idea, sobre todo porque si había música, seguro que podríamos bailar y nos acostaríamos tarde, y eso siempre era algo emocionante.

Sobre las diez de la noche llegamos al restaurante. Era muy bonito, como una gran casa de campo construido en piedra y madera. En la parte delantera tenía un pequeño aparcamiento que llevaba a la entrada del local y la parte de atrás estaba rodeada de un enorme jardín con flores y árboles. Tenía dos grandes terrazas a los lados con el suelo de césped donde estaban colocadas las mesas bajo unas enormes sombrillas. Uniendo las dos terrazas había un pequeño escenario en el cual ya estaban preparados los instrumentos musicales. Andrea y yo nos acercamos curiosas  para verlos más de cerca, mientras mi abuelo saludaba al dueño que había salido a recibirnos.

Al aproximarnos al escenario pudimos observar que había una batería, a la que Andrea le costó mucho resistirse a no tocarla. También había varias flautas, una guitarra, una pandereta, una especie de tambor como los de los africanos y una flauta muy grande. Era un poco rara porque llevaba como un saquito colgando que no entendía muy bien para qué servía. Aunque lo que más llamó nuestra atención fue una cesta de mimbre que había en una esquina. Estaba ladeada y dentro tenía una rana, al principio pensamos que era de verdad y nos asustamos un poco pero pronto nos dimos cuenta de que no lo era. Justo cuando Andrea se disponía a tocarla, a pesar de mis advertencias de que no lo hiciera, alguien habló detrás de nosotras:

-¿Qué hacéis chicas? ¿Puedo ayudaros en algo? -nos dijo haciéndonos girar ligeramente avergonzadas.

-Hola, no, no estábamos haciendo nada, tan solo curioseábamos -le respondí con una sonrisa.

-Ya veo. Permitidme que me presente, me llamo Marko y ¿vosotras? -nos preguntó.

-Yo soy María y ella es mi amiga Andrea, encantada -le contesté.

-Mucho gusto señoritas -nos dijo con una sonrisa.

-Oye Marko y este instrumento ¿Qué es? -interrogó Andrea señalando aquella flauta tan rara que llevaba un saquito y que tanto nos intrigaba.

-Esto es una gaita y es el instrumento que yo toco, por eso me llaman gaiteiro -nos explicó.

-Pero ¿Qué estáis haciendo? Venga dejar de molestar y vamos a la mesa que ya nos van a traer la cena -nos regañó mi papá mientras se disculpaba por estar importunando.

-No por favor, no las regañe y no se preocupe que son unas chicas muy educadas…y curiosas -le dijo Marko a mi papá al tiempo que nos guiñaba un ojo.

Obedecimos y nos sentamos en la mesa donde ya nos esperaba el resto de mi familia. Estaba intrigada pensando cómo sonaría aquella gaita, aunque no tarde mucho en descubrirlo ya que antes de que terminásemos de cenar, la música comenzó a sonar. El grupo se llamaba “Hora Meiga”, que significaba “Hora Bruja”. Me pareció un nombre chulísimo y muy original, pero lo mejor era cómo tocaban. Su música era mágica y te transportaba a otro mundo. Mi papá nos explicó que era música celta y aunque yo jamás la había escuchado antes, me quedé prendada de aquellas delicadas y suaves notas.

Unos minutos después, Marko nos invitó a ponernos en primera fila. Aunque a mí me daba un poco de vergüenza, Andrea no se lo pensó dos veces y tirándome de un brazo nos plantamos delante del escenario. Mientras él explicaba que iba a tocar una canción y  que nos la dedicaba a nosotras. Al escucharlo me puse colorada como un tomate. Entonces nos giñó un ojo y agarró aquella flauta extraña, la que nos dijo que era una gaita, y poniendo el saquito debajo de su brazo empezaron a escucharse las primeras notas musicales.

¡Fue fantástico! Escuchar aquel sonido de la gaita, me encantó. Por supuesto, conocer a Marko, el gaiteiro, también. Me quedé prendada de aquel instrumento y de la maravillosa música que salía de ella. No podía haber imaginado un mejor final para nuestras mini vacaciones, porque aparte de pasar unos días estupendos con mis abuelos y con Andrea, descubrí que la música mágica existía y se llamaba “Hora Meiga”.

jueves, 11 de julio de 2013

Llega una ola de calor

Desde hacía varios días estábamos viviendo bajo los efectos de una ola de calor. Aunque las noticias de la televisión ya nos lo advirtieron, la verdad es que no les hicimos mucho caso, básicamente porque según mi papá siempre estaban exagerándolo todo. Pero esta vez no fue así, es más, creo que hasta se quedaron cortos. Hacía tantísimo calor que era como si estuviésemos dentro de un horno todo el tiempo. Ni siquiera refrescaba por las noches, lo cual provocaba que conciliar el sueño fuese muy complicado.

A primera hora de la mañana mi mamá nos mandaba cerrar las ventanas y bajar las persianas en un desesperado intento de mantener la casa fresquita. También estábamos a medio vestir todo el día y sin ganas de hacer nada por culpa de las altas temperaturas, y lo peor de todo, es que por las tardes no podíamos salir a la calle porque el aire era tan caliente que se hacía insoportable pasear, correr o jugar.

La situación era tan inaguantable que mi papá decidió que era mejor que nos fuésemos a pasar unos días al pueblo. Allí vivían mis abuelos, en una preciosa granja situada en la ladera de la montaña. Por supuesto aceptamos encantados. Creo que fue una de las pocas veces que todos estuvimos de acuerdo. Además de que era un sitio precioso donde aparte de respirar aire puro no pasaríamos el tremendo calor de la ciudad, y seguro que por fin, lograríamos dormir.

Fue así, como al día siguiente, después de que mi papá telefonease a los abuelos para contarles nuestros planes, salimos con dirección hacia pueblo. Arrancamos bien temprano para intentar esquivar las horas de más calor. El viaje no era muy largo y pasado el mediodía llegábamos a la granja. Como siempre nos recibió el abuelo y después de unos cuantos besos y abrazos entramos dentro de la casa donde la abuela nos esperaba con una exquisita comida veraniega: ensaladilla rusa, tortilla de patatas y macedonia de frutas ¡Qué bueno estaba todo!

-Bueno chicos ahora que habéis acabado de comer tengo una pequeña sorpresita para vosotros -dijo el abuelo con voz misteriosa.

-¿Qué es abuelo?  -pregunté impaciente.

-Pero que hombre este, no puede esperar ni a que reposemos la comida. No tenías que decirles nada ahora era mejor más tarde -le regañó la abuela aumentando con ello la curiosidad de mi hermano Pedro y la mía.

-No le riñas abuela y deja que nos lo enseñe, venga porfis -dijo mi hermano algo ansioso.

-¡Vamos, venid conmigo! -nos contestó con un guiño.

Rápidamente nos levantamos de la mesa para seguirle, mientras escuchábamos a la abuela refunfuñar que era peor que un niño pequeño, pero ya nadie la escuchaba. Hasta nuestros padres salieron detrás de nosotros llenos de curiosidad por descubrir el misterio que guardaba el abuelo. Este nos llevo hasta la parte de atrás de la granja y cuando llegamos allí nos quedamos boquiabiertos al encontrarnos con una pequeña piscina. Era en forma de ocho, de color azul clarito y con un agua cristalina que invitaba al baño. Al verla no pude evitar dar saltitos de alegría, bueno mi hermano tampoco, para terminar corriendo a abrazar a mi abuelo agradeciéndole así tan estupenda sorpresa.

Entonces nos contó, muy orgulloso, que la había construido con sus propias manos y que le llevó dos meses terminarla. No quiso decirnos nada antes porque quería ver nuestras caras de felicidad.

-Gracias abuelo eres el mejor -le dije volviendo a abrazarlo.

-¿Podemos estrenarla? -preguntó mi hermano.

-Por supuesto, para eso la construí. Así que ir a poneros el bañador y a disfrutar -contestó con una enorme sonrisa.

-¿Tú no te bañas abuelo? –interrogué.

-No cariño esto es para que vosotros lo paséis bien, yo me quedaré viéndoos desde aquí -me respondió con una enorme sonrisa.

Unos minutos después ya estábamos tirándonos a la piscina. El agua estaba buenísima y por un momento la ola de calor parecía haber desaparecido. Pedro y yo lo pasamos muy bien, saltando, buceando, nadando y haciendo carreras. Al final también se unieron a nosotros mis padres y los cuatro estuvimos bañándonos casi hasta el anochecer.

Definitivamente la idea de mi papá fue la mejor del mundo. Poder pasar unos días con los abuelos siempre era maravilloso, pero además tener una piscina para nosotros solos era genial. Me sentía feliz por tener un abuelo tan estupendo y sin duda no había otro como él. En ese momento pensé que la ola de calor, tan asfixiante e irritante al principio, terminó convirtiéndose en una de las mejores noticias del verano, ya que gracias a ella pudimos disfrutar de unos días estupendos en familia.

jueves, 27 de junio de 2013

Sin dinero será difícil estudiar

Por fin se acabaron las clases. Ya estábamos en verano y con él llegaban las ansiadas vacaciones de fin de curso. Por eso esta mañana no tuve que madrugar y pude dormir sin preocuparme por el dichoso despertador, ese que tantas veces me había enfadado a lo largo del año. Aún así, quedaba una última cosa por hacer y era ir a recoger las notas. Así que al mediodía papá y yo nos dirigimos al colegio porque habíamos quedado con la señorita Paula, mi profesora.

En cierta forma era un día un poco triste porque tenía que despedirme de mis compañeros hasta el próximo curso. Eso era lo único que no me gustaba y me daba un poquito de pena pensar que no nos veríamos en todo el verano. Aunque estoy segura que con Clara, mi mejor amiga, no perderé el contacto y a lo mejor con Lucas tampoco. Me pongo colorada solo con pensarlo ¿Por qué me sentiré así cuando le nombro?

Cuando llegamos a la escuela había un montón de padres y alumnos esperando ser atendidos por sus respectivos profesores. Pude observar que algunos tenían cara de preocupación, supongo que sería porque no habían aprobado todo, y otros, como yo, estaban felices y despreocupados. Estaba segura de que tendría unas buenas notas porque me había esforzado mucho durante el curso, a pesar de las constantes interrupciones de Lucas con sus tonterías.

Mientras esperábamos a que nos atendieran nos encontramos con Hugo y su padre, nuestros vecinos, que ya salían de hablar con su tutor. No se le veía muy contento y daba la impresión de que su padre estaba regañándole. Entonces nos acercamos a saludarles y mi papá le preguntó qué tal le había salido todo. En ese momento Hugo bajó la cabeza y no dijo nada, enseguida me di cuenta de que había suspendido.

-No muy bien la verdad, le quedó inglés. No sé qué vamos hacer con él -dijo su padre muy enfadado.

-Bueno hombre, no te pongas así que si solo dejo una tampoco es para tanto y seguro que en septiembre la recupera -le indicó mi papá.

-Pero es que siempre está igual, quita unas notas buenísimas y con el inglés no hay manera -seguía diciendo su padre.

-Jolines papá es que ese idioma es un rollo y no tiene sentido ¿Dónde has visto tú que se hable de una forma y se escriba de otra? Así no hay forma de aprendérselo -replicó Hugo intentando excusarse.

-La verdad es que algo de razón tiene y a mí tampoco me parece muy lógico ese idioma. De todas formas estoy segura de que la recuperarás porque tú eres un chico listo -le dije intentando animarlo y pensando que tampoco era tan extraño su razonamiento.

Aunque su padre no estaba muy de acuerdo con mi comentario y seguía insistiendo que aquello no podía ser, Hugo me miraba esbozando una pequeña sonrisa de complicidad en señal de agradecimiento por defenderle. La verdad es que me daba un poco de rabia por él porque era muy buen niño. Era de la misma edad que mi hermano Pedro y además de vecinos eran grandes amigos. Los dos acostumbraban a pasar muchas horas juntos jugando a la Play-Station y creo que ese era el problema por el que Hugo iba un poco justo en los estudios. Nos despedimos de ellos porque ya nos tocaba a nosotros y yo estaba impaciente por saber que diría mi maestra.

Entramos en la clase donde nos esperaba la señorita Paula, mi profesora. Al vernos nos invitó a pasar y con una sonrisa saludo a mi papá y luego a mí. A continuación, sacó el boletín de las notas y comenzó a explicarnos que había aprobado todo con una nota media de notable. Al escucharla se me iluminó la cara sintiéndome muy feliz conmigo misma. El esfuerzo de todo el año había merecido la pena. También me di cuenta de la satisfacción que sintió mi papá porque tenía una sonrisa de oreja a oreja. La maestra le contó que yo era una niña muy aplicada y tenía mucho potencial. Durante unos segundos me quedé pensando a qué se refería con lo de potencial ¿Sería algo de matemáticas? ¿De química quizás? De todas formas fuera lo que fuese parecía que era bueno.

-María tiene capacidad para estudiar la carrera universitaria que quiera y eso no todos los niños lo tienen -siguió diciendo la señorita Paula.

-Estoy seguro de que tiene razón, lo único que me preocupa es que con tantos cambios en la educación no podamos darle los estudios que se merece -dijo mi papá con una ligera tristeza.

-Es cierto que con estas nuevas leyes que están saliendo y todos los cambios que afectan sobre todo a la educación pública las cosas se están complicando para las familias con pocos recursos. Sería una verdadera lástima que niños con talento tuviesen que quedarse sin completar sus estudios por falta de medios -le respondió ella levemente apenada.

-De todas formas haremos lo imposible para que nuestra pequeña tenga las mejores oportunidades y no pienso permitir que ninguna ley trunque sus sueños de poder ser algo más -habló mi papá muy decidido.

En ese momento, le cogí de la mano para que sintiera que yo estaba con él y que entendía su malestar ante la posibilidad de que no pudiese estudiar lo que quería. Todo por culpa de las reformas que se estaban haciendo en la enseñanza pública. Me parecía injusto que tuviese que quedarme a las puertas de estudiar lo que quisiera por el simple hecho de no tener dinero para pagarme una carrera. Pero no quise pensar más en aquello, aún faltaba mucho tiempo y prefería saborear mis resultados académicos sin especular en nada más. Nos despedimos de mi maestra deseándole que disfrutase de un buen verano.

Al salir nos encontramos con mi amiga Clara y su tía. Al vernos nos abrazamos entre grititos de alegría felices por habernos encontrado. Ella también estaba muy contenta porque había aprobado todo. Quedamos en que nos veríamos durante el verano ya que probablemente ambas lo pasaríamos en la ciudad. Justo cuando nos despedíamos apareció Lucas y automáticamente empecé a notar como mi cara se ponía roja igual que un tomate. Se acercó a nosotras para saludarnos y nos dijo que él también había sacado buenas notas. La verdad es que no me extrañaba, era muy inteligente y de los primeros de la clase, a pesar de pasarse la mitad del tiempo haciendo bromas.

Finalmente nos despedimos de los demás compañeros deseándonos un buen verano. Clara y yo quedamos de vernos en la próxima semana. Fue en ese momento cuando Lucas, aproximándose a mí, me dijo que esperaba verme durante las vacaciones y que podríamos quedar algún día para ir a la piscina o al parque. Asentí con la cabeza sintiendo, una vez más, esa sensación extraña en mi estómago cada vez que él se me acercaba. Tengo la sensación de que este será un magnifico verano.

jueves, 20 de junio de 2013

La declaración de la renta, menudo rollo

Este mediodía, cuando llegué del colegio, me encontré a mis padres que hablaban acaloradamente. Estaban en la cocina y no parecía que estuviesen discutiendo, más bien era como si estuviesen disgustados por algo, sobre todo mi papá. No dejaba de decir que todo era muy injusto y que de dónde sacarían ahora el dinero para pagar no sé qué cosa. Mientras mi mamá intentaba tranquilizarlo diciéndole que ya lo solucionarían, que nunca llovió tanto que no parase. Al escucharla me quedé pensando que yo no estaba tan segura de eso, ya que al ritmo que íbamos no tenía mucha pinta de que fuese a parar de llover. Claro que pronto me di cuenta que aquello, seguramente era una de esas expresiones que tanto les gustaba utilizar y que no tendría nada que ver con la lluvia.

Como no entendía nada de lo que hablaban decidí preguntarles directamente. Ellos se sorprendieron al escucharme, ya que tan ensimismados estaban en su conversación, que ni siquiera se habían dado cuenta de que ya había llegado a casa. Intentaron disimular para que creyese que no estaban hablando de nada importante, y me salieron una vez más, con lo de que eran cosas de mayores y que no tenía de qué preocuparme. ¡Pues van listos si creen que con eso me van a hacer callar!

-Esa respuesta no me sirve, sé perfectamente que pasa algo. Así que no me tratéis cómo si fuese tonta y contármelo -les dije muy seria.

-Pero bueno, ¿qué manera es esa de hablar señorita? -me preguntó mamá ligeramente enfadada.

-Perdóname mami. No es mi intención ofenderos, pero ya no soy tan pequeña para que me tengáis que ocultar las cosas. Además somos una familia y las familias resuelven los problemas juntas -le respondí muy convencida.

-Esta es mi chica. Pero que lista eres. Está bien, te lo contaremos. Porque ya veo que es imposible ocultarte nada, y tienes razón, somos una familia y tú tienes todo el derecho a saber lo que ocurre -habló mi papá.

Enseguida me di cuenta de que a mi mamá no le parecía buena idea que me lo contase. Ella siempre quería protegerme de todo lo malo y pensaba que viviendo en la ignorancia yo era más feliz. Pero se equivocaba, yo necesitaba saber lo que ocurría a mi alrededor, sobre todo las cosas que le pasaban a mi familia. Así que me senté al lado de mi papá y comenzó a explicarme que estaban disgustados por culpa de la declaración de la renta.

-¿Declaración de la renta? ¿Y eso qué es? -pregunté sorprendida.

-Intentaré explicártelo de manera sencilla para que puedas entenderlo María. Cada mes de abril comienza en nuestro país lo que se conoce como “Campaña de la Renta”. Durante unos tres meses los ciudadanos tenemos la obligación de presentar la declaración de IRPF. Se llama así porque es un impuesto personal que se paga por la renta obtenida durante un año, es decir, sobre el dinero que tú has ganado en ese año -me contó mi papá.

-Entonces la gente tiene que pagar al final del año por el dinero qué ganó ¿es eso? -interrogué.

-Bueno la gente ya paga todos los meses por el dinero que gana, normalmente en el sueldo que cobra un trabajador ya le descuentan una parte para pagar ese impuesto -me dijo.

-Pero no entiendo, si ya se lo descuentan todos los meses ¿Por qué tiene que volver a declararlo al final del año? -seguí preguntándole.

-Porque es la forma que tienen de saber si has pagado impuestos de más o de menos. Si has pagado más de lo que te correspondía, entonces te devuelven dinero y si has pagado menos, eres tú el que tienes que pagar una cuota extra ¿entiendes? -me preguntó una vez terminó de explicármelo.

Aunque me parecía un poco rollo, más o menos entendí lo que papá me explicó. Pero lo que no comprendía era porqué estaba tan enfadado con eso. Fue en ese momento cuando me indicó que este año, debido a la crisis, el gobierno había subido los impuestos. Eso provocaba que muchas familias, incluida la nuestra, se viesen obligados a pagar. Porque según nuestra declaración de la renta, nosotros habíamos pagado menos.

-Pero papi, si tú no tienes trabajo ¿cómo ibas a pagar más? -pregunté asombrada.

-Pues por eso estoy indignado cariño. No tengo empleo y a mamá le cuesta mucho sacar adelante una peluquería, que solo da para cubrir gastos y poco más. Además tenemos que pagar la hipoteca de la casa y cada vez es más difícil llegar al final de mes, y como si todo esto no fuera suficiente, ahora resulta que también tenemos que pagar más impuestos -me contó enfadado.

-Pues no los pagues, diles que no puedes y ya está -le dije.

-Ojala fuese así de fácil María pero no puedo hacer eso, si no pago me ponen una multa y todavía tendré que pagar más -me contó con pena y resignación.

Durante unos minutos me quedé callada, pensando en todo lo que me relató mi papá. Entendía perfectamente sus enfados ante las cosas que ocurrían a nuestro alrededor y hasta yo me ponía de mal humor escuchándole. ¡Qué injusto me parecía todo! Cada vez me gustaba menos este mundo de mayores. Sobre todo las desigualdades que había entre la gente, donde los pobres cada vez eran más pobres y los ricos cada vez más ricos.

Mis padres se mataban a trabajar y luchaban para darnos lo mejor a mí y a mi hermano, y el gobierno se lo agradecía oprimiéndoles cada día un poco más, en vez de ayudarles a salir adelante. No lograba entender cómo podían construir un mundo con tantas diferencias y el porqué no luchaban para que todos pudiésemos vivir con dignidad.

Dignidad. Me gustaba mucho esa palabra. La señorita Paula nos la explicó la semana pasada en el colegio. Significa el valor que tiene cada individuo, el derecho a vivir en libertad y a la toma de decisiones. La dignidad se basa en el reconocimiento de la persona de ser merecedora de respeto, es decir, que todos merecemos respeto sin importar cómo seamos. Entonces ¿Por qué los adultos no luchan para que todos la tengamos?

jueves, 2 de mayo de 2013

1 de Mayo, Día de los Parados

Después de varias semanas viendo a mi papá, más o menos tranquilo, este mediodía volvió a enfadarse. El motivo fue porque hoy se celebró el Día del Trabajador. Aunque yo estaba encantada, porque gracias a eso no tuve colegio y pude dormir toda la mañana a pierna suelta, como acostumbraba a decir mi mamá. En cambio, parecía que a él no le gustaba nada aquella fiesta, incluso le producía rabia.

Mientras veíamos las noticias, no paraba de decir lo irónico que era celebrar un día en el que tener un trabajo era algo parecido a un privilegio. Según él había más gente sin trabajar que trabajando por lo que celebrar aquel día era un poco de risa. Por supuesto yo no entendía nada, básicamente porque no paraba de barullar cosas incomprensibles para mí. Hablaba tan alto que mi mamá lo mandó que se fuese para el salón porque le estaba poniendo la cabeza como un bombo.

-Claro como tú eres la única que trabaja en esta santa casa, pues a ti que te va importar lo que le pase a los demás -le contestó papá cada vez más enfadado.

-Anda deja de decir tonterías, a mí también me afecta, esto es un problema de todos -dijo mamá ligeramente molesta por su comentario.

-Tienes razón, perdóname. Es que estas cosas me sacan de mis casillas -le dijo.

Supongo que cuando se refería a sus casillas, no estaba hablando del portero del Real Madrid, sino que era más bien una de esas expresiones que tanto les gustaba utilizar a los mayores. Así que no pregunté nada y me fui con él para el salón. Sentía curiosidad por saber de qué hablaba, y fue por eso que me senté a su lado, para poder escucharle mejor. Entonces, dijo algo que me dejó sorprendida.

-Esto es insostenible, somos más de seis millones de parados en este país.

Durante unos minutos me quedé mirándole, sin saber muy bien a qué se refería. No conseguía imaginarme a tanta gente junta y quieta, con lo aburrido que tendría que ser eso. Tampoco podía evitar el preguntarme porqué estarían parados, y dónde. ¿En una estación de autobús quizás? ¿O estarían esperando para ver algo? ¿Y porqué mi papá estaba con ellos? Decidí preguntarle para salir de dudas y su respuesta fue una enorme carcajada. Tanto se reía que casi se atraganta, lo cual me molestó muchísimo. Encima de que me preocupaba por entenderle y le acompañaba, a él le hacían gracia mis preguntas ¡Qué antipático!

-¡Ay cariño! Eres fantástica -me dijo entre risas.

-Pues a mí no me lo parece, me estoy sintiendo como si fuese tonta -respondí algo enfadada.

-No María, tú no eres nada de eso. Lo que pasa es que cuando digo seis millones de parados, me refiero a personas que están sin trabajo ¿entiendes ahora? -me contó.

-¡Ah vale! O sea, que la gente que no tiene trabajo se llama parada. Entonces tú eres un parado ¿verdad papá? -le pregunté.

-Pues sí nena, por desgracia soy uno de ellos. Por eso me molesta que se celebre este día cuando la mayor parte de la gente no tiene trabajo y pasa por dificultades. Me preocupa que las cosas, en vez de mejorar, empeoren día a día -me explicó con tristeza.

-Te entiendo, pero porqué todas esas personas no se mueven. A lo mejor si toda la gente se une y dejan de estar parados las cosas cambian ¿no crees papi? -le dije.

-Puede que tengas razón y sea hora de que todos nos movamos, la cuestión es hacía dónde vamos -me indicó.

-Hacia delante papá, siempre hay que caminar hacia delante -concluí muy seria.

Entonces se quedó mirándome, como pensando en lo que le había dicho, y pasados unos minutos, me señaló que eso era lo que haríamos. No íbamos a seguir esperando a que las cosas cambiasen, nosotros las cambiaríamos. Dejaremos de lamentarnos y nos levantaremos para avanzar todos juntos, y poder así, construir  un sitio mejor donde vivir. También me comentó que con mis palabras, le había recordado una frase de Martin Luther King. Según me contó, este fue un gran hombre que luchó por los derechos civiles y por la igualdad.

-¿Y qué fue lo que dijo papi? -pregunté curiosa.

-Si no puedes volar, entonces corre. Si no puedes correr, entonces camina. Si no puedes caminar, entonces arrástrate. Pero sea lo que hagas, sigue moviéndote hacia delante -me recitó mi papá.

Era la primera vez que oía hablar de aquel hombre, pero sus palabras me encantaron y por eso las escribí en mi diario para recordarlas siempre. Fue así, llevados por el espíritu de Martin Luther King, como salimos a la calle y nos unimos a las manifestaciones que había en el centro de la ciudad. Al final fue un día estupendo, y estoy segura, de que las cosas empezarán a mejorar…porque como dice papá a peor ya no pueden ir.