.

jueves, 1 de agosto de 2013

Nos vamos de vacaciones

Este año, debido a la crisis, mi mamá no puede cerrar la peluquería durante el mes de agosto. Así que nos quedamos sin vacaciones porque, según dice ella, es un lujo que no nos podemos permitir. Me da mucha pena que no pueda tener su bien merecido descanso. Ella trabaja muy duro durante todo el año, hace un montón de horas diarias para que no nos falte de nada, ya que mi papá está en paro y el negocio es el único ingreso que sustenta a nuestra familia. Aunque él también ayuda en todo lo que puede y  hace alguna que otra chapucilla por ahí para traer algo más de dinero a casa. Pero no es suficiente para pagar todas las facturas y es por eso que prefieren no cerrar este mes para intentar arreglar un poco este año tan malo.

A pesar de todo esto, mis padres no quieren que nosotros suframos las consecuencias y es por eso que mañana viene mi abuelo a recogernos a mi hermano y a mí para pasar este mes en su granja. Aunque me encanta pasar las vacaciones con los abuelos, sobre todo ahora que tienen una piscina para refrescarnos, no me parecía justo que nosotros lo pasáramos bien y ellos se quedaran en la ciudad trabajando.

-Es igual mami, nosotros nos quedamos también. Además podemos ayudarte en la peluquería, yo puedo lavarles el pelo a las clientas y Pedro cobrarles por el trabajo -le expliqué intentando convencerla para que nos dejasen quedar con ellos.

-Eres un cielo María, pero esto no es discutible. Vosotros os vais al pueblo con los abuelos y quiero que lo paséis muy bien que os lo merecéis por las buenas notas que sacasteis los dos -me dijo muy seria.

-Esto todo es culpa de la malvada Señora Crisis que no para de molestar, hasta las vacaciones tiene que fastidiárnoslas ¡No es justo! Yo quiero pasar el verano con vosotros -repliqué enfadada.

-No te preocupes por nada nena, nosotros iremos todos los fines de semana. Ya verás como será muy divertido, ni te darás cuenta de que no estamos el resto de los días -me dijo papá con una sonrisa.

Aunque no era lo mismo que estar todo el mes juntos, no quise decir nada más. Entendía que mis padres todo lo hacían por nosotros y querían que tuviésemos unas buenas vacaciones aunque ellos tuviesen que sacrificar las suyas. Así que me dispuse a preparar mis cosas para que cuando llegase el abuelo al día siguiente todo estuviese listo.

Por la noche mi mamá preparó una cena especial: pizza casera y de postre flan de huevo, como despedida ya que no nos veríamos en una semana. Todo estaba delicioso, bueno es que ella es una gran cocinera y todo lo que cocina siempre estaba riquísimo. Una vez terminamos de cenar nos dijo toda la retahíla de recomendaciones que siempre nos daba cuando salíamos de casa: portaros bien, obedeced a los abuelos, ayudar en las tareas que os manden, etc. No sé para que nos lo recuerda, si ya nos lo sabemos de memoria, en fin.

Durante este mes no escribiré nada en mi diario, me limitaré a disfrutar de mi estancia en la granja e intentaré pasar todo el tiempo posible con mi familia. Así que me despido de vosotros y vosotras y nos veremos nuevamente en septiembre. Ya solo me queda desearos unas muy felices vacaciones a todos. Espero que lo paséis muy bien y no dejéis que nadie os las amargue, ni siquiera la malvada Señora Crisis, ya nos ocuparemos de ella a la vuelta.

jueves, 18 de julio de 2013

Final de las mini vacaciones con "Hora Meiga"

Que razón tenía mi mamá cuando decía que lo bueno duraba poco. Después de pasar unos días en la granja de los abuelos, esta tarde tuvimos que regresar a casa. Me dio mucha pena tener que irme ya que pasamos una semana estupenda. Disfrutamos de unas maravillosas mini vacaciones durante las cuales estuvimos muy sosegados, sin agobios y sin el calor asfixiante que hacía en la ciudad. Además de poder bañarnos en la piscina que el abuelo construyó para nosotros y que se convirtió en el mejor regalo del verano.

La vida en la granja era muy tranquila. Por las mañanas nos levantábamos sobre las once y hacíamos el reparto de tareas. Mi hermano Pedro, papá y el  abuelo se dedicaban a cuidar a los animales, mientras mamá, la abuela y yo ordenábamos la casa para luego ponernos a preparar la comida. Nos lo pasábamos muy bien ayudando en lo que podíamos a los abuelos. Además ellos se lo merecían todo, porque eran muy buenos con nosotros y siempre tenían sonrisas y buenas palabras para mi hermano y para mí.

Al terminar de comer nos íbamos para la piscina y nos tirábamos allí casi toda la tarde. Mi papá se tumbaba en una hamaca y solo decía que aquello sí que era vida. Se le veía tan feliz y relajado que ni las noticias le afectaban. Así transcurrían los días en la granja, llenos de paz y tranquilidad y eso se notaba en el estado de ánimo de todos. Pero lo que más me gustaba era ver a mis padres tan contentos y despreocupados, era como si la Señora Crisis, los políticos y todos los problemas hubiesen desaparecido allí en la montaña.

Aunque lo mejor sucedió en el fin de semana. La abuela había invitado a mi amiga Andrea, la niña que tenía hiperactividad y que era rechazada por los niños del pueblo, a pasar los últimos días conmigo. Me encantó volver a verla porque era una niña estupenda a pesar de lo que decían los demás. Pero reconozco que era un poco impulsiva y nos dio algún que otro susto. Sin embargo, no fue nada que con mucho amor y comprensión no pudiésemos solucionar.

Así, sin apenas darnos cuenta, pasó aquella maravillosa semana. Ninguno de nosotros quería irse, y era lógico, con lo bien que estábamos allí ¿quien iba a querer regresar? Fue por eso que el abuelo quiso invitarnos, la última noche, a cenar en el pequeño restaurante que había en el pueblo.  Además nos dijo que iba a haber una actuación de un grupo musical y que lo pasaríamos muy bien. Andrea y yo estábamos encantadas con la idea, sobre todo porque si había música, seguro que podríamos bailar y nos acostaríamos tarde, y eso siempre era algo emocionante.

Sobre las diez de la noche llegamos al restaurante. Era muy bonito, como una gran casa de campo construido en piedra y madera. En la parte delantera tenía un pequeño aparcamiento que llevaba a la entrada del local y la parte de atrás estaba rodeada de un enorme jardín con flores y árboles. Tenía dos grandes terrazas a los lados con el suelo de césped donde estaban colocadas las mesas bajo unas enormes sombrillas. Uniendo las dos terrazas había un pequeño escenario en el cual ya estaban preparados los instrumentos musicales. Andrea y yo nos acercamos curiosas  para verlos más de cerca, mientras mi abuelo saludaba al dueño que había salido a recibirnos.

Al aproximarnos al escenario pudimos observar que había una batería, a la que Andrea le costó mucho resistirse a no tocarla. También había varias flautas, una guitarra, una pandereta, una especie de tambor como los de los africanos y una flauta muy grande. Era un poco rara porque llevaba como un saquito colgando que no entendía muy bien para qué servía. Aunque lo que más llamó nuestra atención fue una cesta de mimbre que había en una esquina. Estaba ladeada y dentro tenía una rana, al principio pensamos que era de verdad y nos asustamos un poco pero pronto nos dimos cuenta de que no lo era. Justo cuando Andrea se disponía a tocarla, a pesar de mis advertencias de que no lo hiciera, alguien habló detrás de nosotras:

-¿Qué hacéis chicas? ¿Puedo ayudaros en algo? -nos dijo haciéndonos girar ligeramente avergonzadas.

-Hola, no, no estábamos haciendo nada, tan solo curioseábamos -le respondí con una sonrisa.

-Ya veo. Permitidme que me presente, me llamo Marko y ¿vosotras? -nos preguntó.

-Yo soy María y ella es mi amiga Andrea, encantada -le contesté.

-Mucho gusto señoritas -nos dijo con una sonrisa.

-Oye Marko y este instrumento ¿Qué es? -interrogó Andrea señalando aquella flauta tan rara que llevaba un saquito y que tanto nos intrigaba.

-Esto es una gaita y es el instrumento que yo toco, por eso me llaman gaiteiro -nos explicó.

-Pero ¿Qué estáis haciendo? Venga dejar de molestar y vamos a la mesa que ya nos van a traer la cena -nos regañó mi papá mientras se disculpaba por estar importunando.

-No por favor, no las regañe y no se preocupe que son unas chicas muy educadas…y curiosas -le dijo Marko a mi papá al tiempo que nos guiñaba un ojo.

Obedecimos y nos sentamos en la mesa donde ya nos esperaba el resto de mi familia. Estaba intrigada pensando cómo sonaría aquella gaita, aunque no tarde mucho en descubrirlo ya que antes de que terminásemos de cenar, la música comenzó a sonar. El grupo se llamaba “Hora Meiga”, que significaba “Hora Bruja”. Me pareció un nombre chulísimo y muy original, pero lo mejor era cómo tocaban. Su música era mágica y te transportaba a otro mundo. Mi papá nos explicó que era música celta y aunque yo jamás la había escuchado antes, me quedé prendada de aquellas delicadas y suaves notas.

Unos minutos después, Marko nos invitó a ponernos en primera fila. Aunque a mí me daba un poco de vergüenza, Andrea no se lo pensó dos veces y tirándome de un brazo nos plantamos delante del escenario. Mientras él explicaba que iba a tocar una canción y  que nos la dedicaba a nosotras. Al escucharlo me puse colorada como un tomate. Entonces nos giñó un ojo y agarró aquella flauta extraña, la que nos dijo que era una gaita, y poniendo el saquito debajo de su brazo empezaron a escucharse las primeras notas musicales.

¡Fue fantástico! Escuchar aquel sonido de la gaita, me encantó. Por supuesto, conocer a Marko, el gaiteiro, también. Me quedé prendada de aquel instrumento y de la maravillosa música que salía de ella. No podía haber imaginado un mejor final para nuestras mini vacaciones, porque aparte de pasar unos días estupendos con mis abuelos y con Andrea, descubrí que la música mágica existía y se llamaba “Hora Meiga”.

jueves, 11 de julio de 2013

Llega una ola de calor

Desde hacía varios días estábamos viviendo bajo los efectos de una ola de calor. Aunque las noticias de la televisión ya nos lo advirtieron, la verdad es que no les hicimos mucho caso, básicamente porque según mi papá siempre estaban exagerándolo todo. Pero esta vez no fue así, es más, creo que hasta se quedaron cortos. Hacía tantísimo calor que era como si estuviésemos dentro de un horno todo el tiempo. Ni siquiera refrescaba por las noches, lo cual provocaba que conciliar el sueño fuese muy complicado.

A primera hora de la mañana mi mamá nos mandaba cerrar las ventanas y bajar las persianas en un desesperado intento de mantener la casa fresquita. También estábamos a medio vestir todo el día y sin ganas de hacer nada por culpa de las altas temperaturas, y lo peor de todo, es que por las tardes no podíamos salir a la calle porque el aire era tan caliente que se hacía insoportable pasear, correr o jugar.

La situación era tan inaguantable que mi papá decidió que era mejor que nos fuésemos a pasar unos días al pueblo. Allí vivían mis abuelos, en una preciosa granja situada en la ladera de la montaña. Por supuesto aceptamos encantados. Creo que fue una de las pocas veces que todos estuvimos de acuerdo. Además de que era un sitio precioso donde aparte de respirar aire puro no pasaríamos el tremendo calor de la ciudad, y seguro que por fin, lograríamos dormir.

Fue así, como al día siguiente, después de que mi papá telefonease a los abuelos para contarles nuestros planes, salimos con dirección hacia pueblo. Arrancamos bien temprano para intentar esquivar las horas de más calor. El viaje no era muy largo y pasado el mediodía llegábamos a la granja. Como siempre nos recibió el abuelo y después de unos cuantos besos y abrazos entramos dentro de la casa donde la abuela nos esperaba con una exquisita comida veraniega: ensaladilla rusa, tortilla de patatas y macedonia de frutas ¡Qué bueno estaba todo!

-Bueno chicos ahora que habéis acabado de comer tengo una pequeña sorpresita para vosotros -dijo el abuelo con voz misteriosa.

-¿Qué es abuelo?  -pregunté impaciente.

-Pero que hombre este, no puede esperar ni a que reposemos la comida. No tenías que decirles nada ahora era mejor más tarde -le regañó la abuela aumentando con ello la curiosidad de mi hermano Pedro y la mía.

-No le riñas abuela y deja que nos lo enseñe, venga porfis -dijo mi hermano algo ansioso.

-¡Vamos, venid conmigo! -nos contestó con un guiño.

Rápidamente nos levantamos de la mesa para seguirle, mientras escuchábamos a la abuela refunfuñar que era peor que un niño pequeño, pero ya nadie la escuchaba. Hasta nuestros padres salieron detrás de nosotros llenos de curiosidad por descubrir el misterio que guardaba el abuelo. Este nos llevo hasta la parte de atrás de la granja y cuando llegamos allí nos quedamos boquiabiertos al encontrarnos con una pequeña piscina. Era en forma de ocho, de color azul clarito y con un agua cristalina que invitaba al baño. Al verla no pude evitar dar saltitos de alegría, bueno mi hermano tampoco, para terminar corriendo a abrazar a mi abuelo agradeciéndole así tan estupenda sorpresa.

Entonces nos contó, muy orgulloso, que la había construido con sus propias manos y que le llevó dos meses terminarla. No quiso decirnos nada antes porque quería ver nuestras caras de felicidad.

-Gracias abuelo eres el mejor -le dije volviendo a abrazarlo.

-¿Podemos estrenarla? -preguntó mi hermano.

-Por supuesto, para eso la construí. Así que ir a poneros el bañador y a disfrutar -contestó con una enorme sonrisa.

-¿Tú no te bañas abuelo? –interrogué.

-No cariño esto es para que vosotros lo paséis bien, yo me quedaré viéndoos desde aquí -me respondió con una enorme sonrisa.

Unos minutos después ya estábamos tirándonos a la piscina. El agua estaba buenísima y por un momento la ola de calor parecía haber desaparecido. Pedro y yo lo pasamos muy bien, saltando, buceando, nadando y haciendo carreras. Al final también se unieron a nosotros mis padres y los cuatro estuvimos bañándonos casi hasta el anochecer.

Definitivamente la idea de mi papá fue la mejor del mundo. Poder pasar unos días con los abuelos siempre era maravilloso, pero además tener una piscina para nosotros solos era genial. Me sentía feliz por tener un abuelo tan estupendo y sin duda no había otro como él. En ese momento pensé que la ola de calor, tan asfixiante e irritante al principio, terminó convirtiéndose en una de las mejores noticias del verano, ya que gracias a ella pudimos disfrutar de unos días estupendos en familia.

jueves, 27 de junio de 2013

Sin dinero será difícil estudiar

Por fin se acabaron las clases. Ya estábamos en verano y con él llegaban las ansiadas vacaciones de fin de curso. Por eso esta mañana no tuve que madrugar y pude dormir sin preocuparme por el dichoso despertador, ese que tantas veces me había enfadado a lo largo del año. Aún así, quedaba una última cosa por hacer y era ir a recoger las notas. Así que al mediodía papá y yo nos dirigimos al colegio porque habíamos quedado con la señorita Paula, mi profesora.

En cierta forma era un día un poco triste porque tenía que despedirme de mis compañeros hasta el próximo curso. Eso era lo único que no me gustaba y me daba un poquito de pena pensar que no nos veríamos en todo el verano. Aunque estoy segura que con Clara, mi mejor amiga, no perderé el contacto y a lo mejor con Lucas tampoco. Me pongo colorada solo con pensarlo ¿Por qué me sentiré así cuando le nombro?

Cuando llegamos a la escuela había un montón de padres y alumnos esperando ser atendidos por sus respectivos profesores. Pude observar que algunos tenían cara de preocupación, supongo que sería porque no habían aprobado todo, y otros, como yo, estaban felices y despreocupados. Estaba segura de que tendría unas buenas notas porque me había esforzado mucho durante el curso, a pesar de las constantes interrupciones de Lucas con sus tonterías.

Mientras esperábamos a que nos atendieran nos encontramos con Hugo y su padre, nuestros vecinos, que ya salían de hablar con su tutor. No se le veía muy contento y daba la impresión de que su padre estaba regañándole. Entonces nos acercamos a saludarles y mi papá le preguntó qué tal le había salido todo. En ese momento Hugo bajó la cabeza y no dijo nada, enseguida me di cuenta de que había suspendido.

-No muy bien la verdad, le quedó inglés. No sé qué vamos hacer con él -dijo su padre muy enfadado.

-Bueno hombre, no te pongas así que si solo dejo una tampoco es para tanto y seguro que en septiembre la recupera -le indicó mi papá.

-Pero es que siempre está igual, quita unas notas buenísimas y con el inglés no hay manera -seguía diciendo su padre.

-Jolines papá es que ese idioma es un rollo y no tiene sentido ¿Dónde has visto tú que se hable de una forma y se escriba de otra? Así no hay forma de aprendérselo -replicó Hugo intentando excusarse.

-La verdad es que algo de razón tiene y a mí tampoco me parece muy lógico ese idioma. De todas formas estoy segura de que la recuperarás porque tú eres un chico listo -le dije intentando animarlo y pensando que tampoco era tan extraño su razonamiento.

Aunque su padre no estaba muy de acuerdo con mi comentario y seguía insistiendo que aquello no podía ser, Hugo me miraba esbozando una pequeña sonrisa de complicidad en señal de agradecimiento por defenderle. La verdad es que me daba un poco de rabia por él porque era muy buen niño. Era de la misma edad que mi hermano Pedro y además de vecinos eran grandes amigos. Los dos acostumbraban a pasar muchas horas juntos jugando a la Play-Station y creo que ese era el problema por el que Hugo iba un poco justo en los estudios. Nos despedimos de ellos porque ya nos tocaba a nosotros y yo estaba impaciente por saber que diría mi maestra.

Entramos en la clase donde nos esperaba la señorita Paula, mi profesora. Al vernos nos invitó a pasar y con una sonrisa saludo a mi papá y luego a mí. A continuación, sacó el boletín de las notas y comenzó a explicarnos que había aprobado todo con una nota media de notable. Al escucharla se me iluminó la cara sintiéndome muy feliz conmigo misma. El esfuerzo de todo el año había merecido la pena. También me di cuenta de la satisfacción que sintió mi papá porque tenía una sonrisa de oreja a oreja. La maestra le contó que yo era una niña muy aplicada y tenía mucho potencial. Durante unos segundos me quedé pensando a qué se refería con lo de potencial ¿Sería algo de matemáticas? ¿De química quizás? De todas formas fuera lo que fuese parecía que era bueno.

-María tiene capacidad para estudiar la carrera universitaria que quiera y eso no todos los niños lo tienen -siguió diciendo la señorita Paula.

-Estoy seguro de que tiene razón, lo único que me preocupa es que con tantos cambios en la educación no podamos darle los estudios que se merece -dijo mi papá con una ligera tristeza.

-Es cierto que con estas nuevas leyes que están saliendo y todos los cambios que afectan sobre todo a la educación pública las cosas se están complicando para las familias con pocos recursos. Sería una verdadera lástima que niños con talento tuviesen que quedarse sin completar sus estudios por falta de medios -le respondió ella levemente apenada.

-De todas formas haremos lo imposible para que nuestra pequeña tenga las mejores oportunidades y no pienso permitir que ninguna ley trunque sus sueños de poder ser algo más -habló mi papá muy decidido.

En ese momento, le cogí de la mano para que sintiera que yo estaba con él y que entendía su malestar ante la posibilidad de que no pudiese estudiar lo que quería. Todo por culpa de las reformas que se estaban haciendo en la enseñanza pública. Me parecía injusto que tuviese que quedarme a las puertas de estudiar lo que quisiera por el simple hecho de no tener dinero para pagarme una carrera. Pero no quise pensar más en aquello, aún faltaba mucho tiempo y prefería saborear mis resultados académicos sin especular en nada más. Nos despedimos de mi maestra deseándole que disfrutase de un buen verano.

Al salir nos encontramos con mi amiga Clara y su tía. Al vernos nos abrazamos entre grititos de alegría felices por habernos encontrado. Ella también estaba muy contenta porque había aprobado todo. Quedamos en que nos veríamos durante el verano ya que probablemente ambas lo pasaríamos en la ciudad. Justo cuando nos despedíamos apareció Lucas y automáticamente empecé a notar como mi cara se ponía roja igual que un tomate. Se acercó a nosotras para saludarnos y nos dijo que él también había sacado buenas notas. La verdad es que no me extrañaba, era muy inteligente y de los primeros de la clase, a pesar de pasarse la mitad del tiempo haciendo bromas.

Finalmente nos despedimos de los demás compañeros deseándonos un buen verano. Clara y yo quedamos de vernos en la próxima semana. Fue en ese momento cuando Lucas, aproximándose a mí, me dijo que esperaba verme durante las vacaciones y que podríamos quedar algún día para ir a la piscina o al parque. Asentí con la cabeza sintiendo, una vez más, esa sensación extraña en mi estómago cada vez que él se me acercaba. Tengo la sensación de que este será un magnifico verano.

jueves, 20 de junio de 2013

La declaración de la renta, menudo rollo

Este mediodía, cuando llegué del colegio, me encontré a mis padres que hablaban acaloradamente. Estaban en la cocina y no parecía que estuviesen discutiendo, más bien era como si estuviesen disgustados por algo, sobre todo mi papá. No dejaba de decir que todo era muy injusto y que de dónde sacarían ahora el dinero para pagar no sé qué cosa. Mientras mi mamá intentaba tranquilizarlo diciéndole que ya lo solucionarían, que nunca llovió tanto que no parase. Al escucharla me quedé pensando que yo no estaba tan segura de eso, ya que al ritmo que íbamos no tenía mucha pinta de que fuese a parar de llover. Claro que pronto me di cuenta que aquello, seguramente era una de esas expresiones que tanto les gustaba utilizar y que no tendría nada que ver con la lluvia.

Como no entendía nada de lo que hablaban decidí preguntarles directamente. Ellos se sorprendieron al escucharme, ya que tan ensimismados estaban en su conversación, que ni siquiera se habían dado cuenta de que ya había llegado a casa. Intentaron disimular para que creyese que no estaban hablando de nada importante, y me salieron una vez más, con lo de que eran cosas de mayores y que no tenía de qué preocuparme. ¡Pues van listos si creen que con eso me van a hacer callar!

-Esa respuesta no me sirve, sé perfectamente que pasa algo. Así que no me tratéis cómo si fuese tonta y contármelo -les dije muy seria.

-Pero bueno, ¿qué manera es esa de hablar señorita? -me preguntó mamá ligeramente enfadada.

-Perdóname mami. No es mi intención ofenderos, pero ya no soy tan pequeña para que me tengáis que ocultar las cosas. Además somos una familia y las familias resuelven los problemas juntas -le respondí muy convencida.

-Esta es mi chica. Pero que lista eres. Está bien, te lo contaremos. Porque ya veo que es imposible ocultarte nada, y tienes razón, somos una familia y tú tienes todo el derecho a saber lo que ocurre -habló mi papá.

Enseguida me di cuenta de que a mi mamá no le parecía buena idea que me lo contase. Ella siempre quería protegerme de todo lo malo y pensaba que viviendo en la ignorancia yo era más feliz. Pero se equivocaba, yo necesitaba saber lo que ocurría a mi alrededor, sobre todo las cosas que le pasaban a mi familia. Así que me senté al lado de mi papá y comenzó a explicarme que estaban disgustados por culpa de la declaración de la renta.

-¿Declaración de la renta? ¿Y eso qué es? -pregunté sorprendida.

-Intentaré explicártelo de manera sencilla para que puedas entenderlo María. Cada mes de abril comienza en nuestro país lo que se conoce como “Campaña de la Renta”. Durante unos tres meses los ciudadanos tenemos la obligación de presentar la declaración de IRPF. Se llama así porque es un impuesto personal que se paga por la renta obtenida durante un año, es decir, sobre el dinero que tú has ganado en ese año -me contó mi papá.

-Entonces la gente tiene que pagar al final del año por el dinero qué ganó ¿es eso? -interrogué.

-Bueno la gente ya paga todos los meses por el dinero que gana, normalmente en el sueldo que cobra un trabajador ya le descuentan una parte para pagar ese impuesto -me dijo.

-Pero no entiendo, si ya se lo descuentan todos los meses ¿Por qué tiene que volver a declararlo al final del año? -seguí preguntándole.

-Porque es la forma que tienen de saber si has pagado impuestos de más o de menos. Si has pagado más de lo que te correspondía, entonces te devuelven dinero y si has pagado menos, eres tú el que tienes que pagar una cuota extra ¿entiendes? -me preguntó una vez terminó de explicármelo.

Aunque me parecía un poco rollo, más o menos entendí lo que papá me explicó. Pero lo que no comprendía era porqué estaba tan enfadado con eso. Fue en ese momento cuando me indicó que este año, debido a la crisis, el gobierno había subido los impuestos. Eso provocaba que muchas familias, incluida la nuestra, se viesen obligados a pagar. Porque según nuestra declaración de la renta, nosotros habíamos pagado menos.

-Pero papi, si tú no tienes trabajo ¿cómo ibas a pagar más? -pregunté asombrada.

-Pues por eso estoy indignado cariño. No tengo empleo y a mamá le cuesta mucho sacar adelante una peluquería, que solo da para cubrir gastos y poco más. Además tenemos que pagar la hipoteca de la casa y cada vez es más difícil llegar al final de mes, y como si todo esto no fuera suficiente, ahora resulta que también tenemos que pagar más impuestos -me contó enfadado.

-Pues no los pagues, diles que no puedes y ya está -le dije.

-Ojala fuese así de fácil María pero no puedo hacer eso, si no pago me ponen una multa y todavía tendré que pagar más -me contó con pena y resignación.

Durante unos minutos me quedé callada, pensando en todo lo que me relató mi papá. Entendía perfectamente sus enfados ante las cosas que ocurrían a nuestro alrededor y hasta yo me ponía de mal humor escuchándole. ¡Qué injusto me parecía todo! Cada vez me gustaba menos este mundo de mayores. Sobre todo las desigualdades que había entre la gente, donde los pobres cada vez eran más pobres y los ricos cada vez más ricos.

Mis padres se mataban a trabajar y luchaban para darnos lo mejor a mí y a mi hermano, y el gobierno se lo agradecía oprimiéndoles cada día un poco más, en vez de ayudarles a salir adelante. No lograba entender cómo podían construir un mundo con tantas diferencias y el porqué no luchaban para que todos pudiésemos vivir con dignidad.

Dignidad. Me gustaba mucho esa palabra. La señorita Paula nos la explicó la semana pasada en el colegio. Significa el valor que tiene cada individuo, el derecho a vivir en libertad y a la toma de decisiones. La dignidad se basa en el reconocimiento de la persona de ser merecedora de respeto, es decir, que todos merecemos respeto sin importar cómo seamos. Entonces ¿Por qué los adultos no luchan para que todos la tengamos?

jueves, 6 de junio de 2013

¡Vamos a la piscina!

Después de varios días en los que no se sabía muy bien si estábamos en invierno o en primavera, hoy, por fin, llegó el sol. Brillaba radiante en lo alto del cielo y sus rayos daban un maravilloso calorcito que invitaban a salir de casa. A todo esto había que añadir, que como estábamos en junio ya no teníamos clases por la tarde, lo que me dejaba más tiempo para disfrutar del casi veranito.

Fue por eso que este mediodía la tía de Clara, mi mejor amiga, llamó a mi mamá para pedirle permiso y llevarme con ellas a la piscina municipal. Ni que decir tiene, que al oír su invitación empecé a dar saltos de alegría, tantos, que mi mamá no pudo negarse. Tan agradecida me sentía que la abracé con todas mis fuerzas, mientras ella intentaba calmarme diciéndome que fuese a prepararme, porque en media hora vendrían a buscarme.

Rápidamente me fui a mi habitación para preparar mi mochila. Metí una toalla, un peine, el bronceador y por supuesto el precioso biquini nuevo que me había comprado la abuela ¡Qué ganas tenía de estrenarlo! Una vez terminé, me fui a la cocina donde mi mamá me esperaba con el bocadillo preparado y su interminable lista de recomendaciones: pórtate bien, obedece todo lo que te manden, cómete la merienda y espera dos horas antes de volver a bañarte, ponte abundante crema al llegar y al salir del agua que el sol es muy peligroso y podrías quemarte, etc, etc. Siempre igual, ¿cuándo se dará cuenta de que ya soy mayor? En fin, supongo que es algo que hacen todas las madres, y sino me lo decía no se quedaba tranquila. Así que me limité a contestarle a todo con un ¡Sí mamá!

Diez minutos más tarde, Clara y su tía me esperaban en el portal. Le di un beso a mamá prometiéndole que haría todo lo que me había dicho y bajé corriendo las escaleras. Al llegar, me subí al coche y Clara y yo nos abrazamos felices pensando en la maravillosa tarde que nos esperaba. Poco después llegamos a las instalaciones donde se encontraban las piscinas municipales, y se notaba que el calor empezaba a apretar porque estaban llenas de gente.

-Vamos chicas coger vuestras mochilas y nos pondremos cerca de aquellos árboles que hace menos calor -nos dijo la tía de Clara nada más bajarnos del coche.

-¡Mira María, el puesto de los helados está abierto! -exclamó Clara emocionada.

-¡Qué bien! Con las ganas que tengo de comerme uno -le contesté.

-Más tarde nenas, ahora vamos a colocar las toallas y darnos un chapuzón -habló su tía.

Mirando de reojo hacia los deliciosos helados, cogimos nuestras cosas y nos dirigimos hacia donde ella nos mandó. Era un sitio precioso y había dos piscinas de un color azul intenso que invitaban a bañarse. Una era para los mayores y otra para los pequeños, ambas rodeadas de hierba muy brillante y cortita, que según nos explicó su tía, se llamaba césped. En una esquina del recinto había una zona con árboles que simulaba un pequeño bosque. Fue allí donde nos instalamos porque había sombra y se estaba muy fresquito.

Aunque todo era precioso, nosotras lo único que queríamos era bañarnos y disfrutar del agua, así que dejamos al lado de un árbol nuestras cosas y nos fuimos al vestuario a ponernos los biquinis. En menos de cinco minutos ya estábamos tirándonos dentro de la piscina. Al principio el agua estaba un poco fría pero enseguida nos acostumbramos y ya no queríamos salir. Llevábamos casi una hora nadando, buceando y saltando por un tobogán que había en uno de los extremos de la piscina, cuando de pronto, alguien se apoyó en mí y me hundió hasta el fondo. Asustada y sin saber muy bien qué pasaba, salí hacia fuera con la respiración entrecortada y agitando los brazos con cierto nerviosismo, mientras oía risas a mi alrededor.

-Eres un idiota Lucas, no tiene gracia, menudo susto le has dado -le regaño muy enfadada Clara, al tiempo que se acercaba hacia mí para tranquilizarme.

-Perdona, era una broma, no quería asustarte ¿Estás bien María? -me preguntó preocupado al darse cuenta que casi me ahoga.

-Sí, estoy bien, pero no vuelvas hacerlo -le contesté con la voz entrecortada y sintiendo como me temblaban las piernas, aunque creo que era más por tenerle tan cerca que por lo que acababa de pasar.

-Eres un bruto, chico tenías que ser -le espetó mi amiga que seguía muy enfadada.

-Vale, tienes razón Clara. Vamos hacer una cosa, para que veas que estoy arrepentido os invito a un helado -nos dijo con una sonrisa tan dulce que era imposible negarle nada.

Entonces, salimos del agua para dirigirnos al puesto de los helados. A medida que nos acercábamos, recordé que aquellos heladeros llevaban allí toda la vida. Una vez mi papá me contó que pertenecía a una familia de los alrededores, y que el negocio, había ido pasando de padres a hijos. Hacían ellos mismos los helados y eran los más ricos de toda la ciudad. Mientras pensaba esto, notaba como la boca se me hacía agua, y al llegar, los tres nos quedamos babeantes mirando el expositor, sin saber muy bien cuál pedir. Todos tenían una pinta deliciosa. Los había de todos los sabores y colores que te podías imaginar.

La verdad es que era difícil elegir uno y si por mí fuese me los comería todos. Finalmente fue Clara la primera en decidirse, pidiendo un cucurucho de yogur con fresa, y yo, después de meditarlo mucho pedí uno que llevaba nata con pepitas de chocolate. Tenía un nombre un poco raro, stracciatella. Le pregunté al dependiente, un chico moreno muy amable, porqué se llamaba así, y me explicó que su nombre provenía del italiano y significaba “despedazado” y era porque llevaba el chocolate en trozos.

Tengo que reconocer que fue una magnifica decisión, porque estaba riquísimo, y a partir de ese momento, el helado de stracciatella sería mi favorito. Lucas también solicitó el mismo porque decía que si yo lo elegía seguro que estaba buenísimo. Al escucharlo no pude evitar sonrojarme, algo que me dio mucha rabia porque no quería que él se diese cuenta de lo nerviosa que me ponía. Aunque creo que lo que le decidió realmente fue ver mi cara de satisfacción al saborear el helado ¡Qué bueno estaba!

jueves, 23 de mayo de 2013

Las gramíneas me atacan

Llevamos unas semanas en las que el tiempo parece que está loco. No se sabe si es otoño o primavera, es como si estas dos estaciones se hubiesen mezclado. Cada día es diferente, uno hace sol y calor y al otro frío y llueve. Con este panorama es imposible saber qué te vas a poner de ropa cuando te levantas.

En mi casa, a estas alturas del año mi mamá nos manda quitar la ropa de invierno y subirla al desván, pero después de ver como está el tiempo, decidió que era mejor esperar hasta que este se aclarase. Es por eso que en mi armario se entremezclan, sandalias con botas, camisetas de manga corta con jerséis de lana y chaquetas de punto con anoraks.

Pero mi papá ha descubierto un método infalible para saber cómo vas a salir vestido a la calle. Todos los días se levanta antes que nadie y sale al balcón para comprobar la temperatura, y así, decide que ropa nos ponemos. Aunque a veces su sistema falla, porque a primera hora de la mañana hace más frio que al mediodía y eso provoca que muchas veces llegue a casa sudando del colegio. Creo que por eso, esta mañana cuando me levanté, me encontré con que tenía la nariz como un pimiento rojo, me lloraban los ojos sin parar y me dolía un poquito la cabeza.

-¡Ay nena que mala cara tienes! -exclamó mi mamá al verme entrar en la cocina.

-¡Vaya, muchas gracias! La verdad es que me encuentro fatal y no puedo dejar de estornudar -le dije entre achís y achís.

-Mejor no te me acerques pequeñaja, que no tengo ganas de que me contagies nada -me habló mi hermano Pedro apartándose de mi lado.

-Jolines yo no tengo la culpa de estar enferma -contesté con voz lastimosa.

-Será mejor que hoy no vaya al colegio y la lleves al médico -le indicó mi mamá a mi papá.

-Tienes razón, eso haré. Desayuna algo María y vístete que nos vamos al Centro de Salud -me dijo papá.

Como no tenía muchas ganas de comer, me tomé solo el vaso de leche y una galleta, a pesar de que mamá insistía e insistía en que debía tomarme algo más. ¡Ay que pesadita se ponía! Pero mi papá la convenció, menos mal, para que me dejase, diciéndole que sería peor que lo vomitase todo. Ante aquella lógica aplastante, mi mamá decidió que por esta vez lo dejaría estar. Fue así como me fui a mi habitación para vestirme y diez minutos después salimos hacia el Centro de Salud.

No tardamos ni media hora en llegar, ya que este se encontraba bastante cerca de nuestra casa. Sentía curiosidad por saber porqué le llamaban Centro de Salud, y mi papá me explicó que era porque allí estaban todos los médicos. Los que atendían a los niños, los que miraban los huesos que tenían un nombre un poco raro, traumanoseque. Aunque  los que más llamaron mi atención fueron los de la cabeza, ya que no sabía que también había doctores para eso. Aunque pensándolo bien, tampoco era tan raro, porque a más de uno buena falta le hacia que se la mirasen, sobre todo a esos políticos que se dedicaban a fastidiar a los demás con leyes sin sentido.

Tuvimos que subir hasta la tercera planta que era donde estaba la consulta del pediatra, que era así como se llaman los médicos que se dedican a curar a niños. Al lado de la consulta había una salita con sillas que era la sala de espera. Papá me pidió que me sentase un momento mientras él iba a hablar con la enfermera. Entonces me senté al lado de una señora que llevaba un niño pequeño en brazos. Era morenito, con unos enormes ojos azules y sonreía sin parar.

-Hola me llamo María, es muy guapo tu hijo ¿También está malito? ¿Qué le ocurre?-investigué curiosa.

-Hola guapa, yo me llamo Luisa y él se llama Nacho -me dijo con una sonrisa-. Pues sí esta algo enfermito, tiene problemas para respirar y por eso estamos aquí.

-¡Oh vaya! ¡Pobrecito! Pero ¿no será nada grave? -interrogué preocupada.

-No, no, tranquila. La doctora le receta unos medicamentos muy buenos y enseguida se pone bien -me explicó.

-¿Qué haces María? No molestes nena, venga estate atenta que un rato nos toca -dijo papá entrando en la sala de espera.

-No la riña por favor, es una niña muy amable y no me ha molestado nada -le contestó la señora.

-¿Ves? Tú siempre piensas que molesto, pues te equivocas papi, a la gente le caigo bien -concluí muy seria, mientras Nacho sonreía sin parar y hacía ruidos extraños como dándome la razón.

En ese momento una enfermera salió de la consulta y dijo mi nombre en voz alta. Entonces papá me agarró de la mano metiéndome prisa para que entrásemos. Nos despedimos rápidamente de Luisa y su hijo y entramos. Una vez dentro pude observar que en vez de un doctor, había una doctora. Era una chica joven muy guapa que nos recibió con una sonrisa. Mientras le preguntaba a mi papá qué era lo que me pasaba, la enfermera me acompañó hasta una camilla y me pidió que me desvistiese de cintura para arriba.

-¿Esta segura que quiere que haga eso? Porque si me desnudo me voy a enfriar y ya estoy bastante malita y no quiero ponerme peor -le contesté a la enfermera.

-Pero María, por favor,  haz lo que te dicen que ellas saben lo que hacen -me riñó papá.

-No te preocupes pequeña que aquí no hace frío, además necesito examinarte y con la ropa puesta no puedo hacerlo -me explicó la doctora con una amable sonrisa, acercándose hacia mi.

-Seguro que fuiste una buena estudiante porque eres un poco joven para ser médico ¿no crees? Los doctores que conozco siempre son mayores y tú no lo eres -dije muy seria.

-María por favor, deja de hacer preguntas que la doctora tiene que trabajar -volvió a regañarme mi papá ligeramente nervioso.

-No se preocupe, tranquilo, es bueno que pregunte, significa que es una niña lista -le contestó a mi papá-. Y has acertado, fui muy buena estudiante y de las primeras de mi clase, por eso pude terminar  mi carrera muy pronto. Así que ya sabes lo que tienes que hacer, estudiar mucho -me contó sonriendo.

-Eso haré, aunque aún no tengo muy claro que seré de mayor. Pero estoy segura que estudiaré algo importante -le respondí muy decidida.

En ese momento me pidió que abriese bien la boca para mirar la garganta. También me examinó los oídos y me dijo que respirase muy fuerte, porque según me explicó quería escuchar mis pulmones. Una vez terminó, le contó a mi papá que no era nada serio, que parecía ser una ligera alergia, probablemente a las gramíneas, pero con unas pastillas que me iba a dar pronto estaría mejor.

-¿A las qué? No, no creo, porque yo a esas no las conozco de nada. Tengo alergia a muchas cosas, a la Señora Crisis, a las injusticias, a las leyes esas que fastidian y enfadan a la gente…pero contra las gramíneas, se lo juro doctora que no tengo nada -le expliqué.

En ese momento las carcajadas inundaron la consulta. Todos se reían sin parar mientras yo me preguntaba ¿Qué he dicho? Entonces la médico me explicó que las gramíneas eras unas plantas que en primavera soltaban polen que flotaba en el aire. Mucha gente al respirarlo le hacia daño y le provocaba irritación en la nariz, ojos rojos y picor de garganta, todo esto acompañado por continuos estornudos. Justo lo que me pasaba a mí.

Después de escuchar su explicación, me sentí un poco avergonzada por pensar que las gramíneas eran algo relacionado con la Señora Crisis. Aunque, no tuviesen nada que ver y no eran tan malas. La verdad es que tampoco me cayeron muy bien, por muy plantas que fueran, más que nada porque me lo están haciendo pasar fatal. Pero me gustó conocer a la doctora, la cual me aseguró que en unos días estaría otra vez estupendamente.