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martes, 23 de octubre de 2012

El domingo por la tarde fuimos a votar

El domingo pasado no fue como los otros domingos. Normalmente, por las tardes solemos salir a pasear, miramos escaparates, me llevan al parque y terminamos tomando algo en la terraza de alguna cafetería. Pero esta vez papá dijo que haríamos algo diferente: iríamos a votar. Durante un rato me quedé pensando cómo querría hacerlo. Quizás ayudados por una cuerda o simplemente daríamos saltos por la calle. Sentía curiosidad por las repentinas ganas que le habían entrado a papá por saltar. Ya me imaginaba una maravillosa tarde de saltos en familia. Pero pronto me di cuenta, que el “votar” al que papá se refería no tenía nada que ver con la diversión que había imaginado.

Fue al terminar de comer cuando papá nos explicó que iríamos al colegio para votar ¿Cómo que al colegio? pregunté sorprendida. Entonces me contó que este domingo era día de elecciones y que la gente iba a las escuelas para elegir qué políticos nos gobernarían los próximos cuatro años, a eso le llamaban votar. ¡Qué desilusión! Y yo pensando en saltar toda la tarde y resulta que al final era una cosa de mayores ¡Menudo rollo!

Una vez llegamos al colegio, nos dirigimos hacia el polideportivo. Allí habían instalado unas mesas, en las cuales habían colocado unas cajas plásticas transparentes. En la parte de arriba tenían una ranura, y pensándolo bien, se parecían mucho a una hucha, pero más grande. Sin embargo no se utilizaban para guardar dinero, ya que según me explicó papá, por aquella ranura era por donde se introducía la papeleta con la que votabas. Ahora entiendo por qué estaban llenas de sobres, y yo que pensaba que la gente las había confundido con un buzón de correos…en fin. En la mesa principal estaba la señorita Paula, mi profesora. Al verla, corrí a saludarla.

-¡Hola María! ¿Tú también has venido a votar? -me preguntó con una sonrisa.

-Ya me gustaría, pero no me dejan. Dice mi papá que tengo que ser mayor para hacerlo -le contesté.

En ese momento unos ladridos nerviosos interrumpieron nuestra conversación. Me giré rápidamente, aunque ya sabía quién era. Por supuesto era mi amiguito Iker, el perrito de nuestro vecino Hugo, que iba acompañado de sus padres, ya que estos también habían ido a votar. El animalito al verme se puso a dar tirones a su correa, tantos, que casi tira a su dueño, lo que provocó algunas risas. Pero primero lo saludé a él y a sus padres, para finalmente acercarme al perrito, para acariciarlo. Este se puso muy contento, dando saltos, lametones y moviendo su rabito sin parar. Mientras le hacía mimitos comencé a escuchar como mi padre y el de Hugo hablaban de las elecciones y de lo importante que era votar. También se lamentaban porque la crisis estaba haciendo mucho daño a las familias, faltaba el trabajo y las cosas cada vez costaban más caras.

-¿Y por qué en vez de quejaros tanto no hacéis algo para que las cosas cambien? -pregunté de pronto.

-Bueno María, eso no es tan fácil. Pero mira venir a votar ya es una forma de intentar cambiarlas. Además esto nos da la oportunidad de elegir políticos que puedan mejorar la situación actual -contestó mi papá sorprendido ante mi inesperada pregunta.

-Pues que bien, así podrán destruir a la Señora Crisis y la gente volverá a tener trabajo y esas cosas -dije muy convencida.

-Esa es la idea, que entre todos podamos terminar con esta situación y las cosas comiencen a mejorar -habló el padre de Hugo.

-Entonces por qué los políticos que nos gobiernan no hacen lo posible para terminar con la Señora Crisis, al fin y al cabo ella es mala y nos afecta a todos -razoné.

-Sí nena, es mala, y precisamente eso tienen que hacer los políticos, terminar con ella. Además, está perjudicando sobre todo a los que menos tienen. Porque son los que al final terminan pagando las cosas que se hicieron mal, con subidas de impuestos, recortes, etc. ¿entiendes cariño? -me explicó.

La verdad es que entender, entendía, pero tan solo sus palabras. Porque lo que decía en ellas…pues no. Para mi las cosas eran mucho más sencillas. Si los que gobiernan lo hacen mal, pues se cambian y punto. Se eligen otros que lo hagan mejor y que miren por los derechos de las personas. Otros que consigan que mi papá y otros papas y mamas tengan trabajo para poder pagar sus facturas. Otros que no recorten en educación, sino que inviertan en ella para que los niños podamos tener más oportunidades cuando seamos mayores. Otros que nos ayuden cuando estemos enfermos con más médicos y mejores. Otros que sepan terminar con la Señora Crisis y todo el mal que la rodea. Otros que acaben con la pobreza y que repartan la riqueza entre todos.

Definitivamente no comprendo para qué sirven unas elecciones si las cosas no van a cambiar, si la gente no pelea por lo que quiere ¿Quién lo hará? El mundo de los mayores me parece absurdo, además de complicado. Solo espero que cuando yo sea mayor las cosas sean diferentes porque si no lo son, os aseguro que yo las cambiaré. No pienso quedarme quieta mientras se cometen injusticias.

martes, 16 de octubre de 2012

Quiero a mi papá igual que a mi mamá

Tan solo hace un mes que empezaron las clases y da la sensación de que el verano ya queda muy lejos. En estas primeras semanas en las que apenas tuvimos deberes, dedicamos la mayor parte del tiempo a contarnos nuestras vacaciones y a conocer a los nuevos compañeros. Este año teníamos cuatro alumnos nuevos, tres niñas y un niño. Este último aún no se incorporó, así que comenzamos conociendo a las niñas. Al principio estaban algo incómodas porque no conocían nada, pero poco a poco se han ido integrando con el resto de la clase. Bueno todas menos una, Alicia que así se llama y casualmente se sienta entre Clara y yo.

Alicia apenas hablaba con nadie, se pasaba callada todo el tiempo y con la mirada perdida. Era como si no estuviese allí, como si su cabeza volase a otro sitio. No sé pero me daba la impresión de que algo le preocupaba y la entristecía. A pesar de todos los esfuerzos de la señorita Paula, nuestra profesora, para que hablase y colaborase con el resto de la clase, todo parecía inútil. La niña apenas respondía con monosílabos para luego volver a meterse en su mundo particular.

Durante los recreos, las cosas no mejoraban mucho. Todos los días se ponía en una esquina del patio y no hablaba con nadie. Siempre llevaba una libretita rosa donde anotaba cosas. La verdad es que a mí empezaba a darme pena y me intrigaba, así que decidí que esto tenía que terminar. Hoy averiguaría qué le pasaba y justo cuando iba a decírselo a Clara esta reaccionó

-Es un poco rara esta niña ¿no te parece?

-Vaya que casualidad, ni que me leyeses el pensamiento -respondí sorprendida.

-¿Ah si? ¿No me digas que pensabas lo mismo? -me preguntó.

-Bueno, algo parecido. Creo que deberíamos hacernos sus amigas, pero no sé creo que algo le pasa -le dije.

-A lo mejor es que es muy tímida y le cuesta relacionarse. Pero tienes razón, hablemos con ella y a ver qué nos cuenta -dijo Clara.

Así fue como nos acercamos a ella y comenzamos saludándola. Al principio se quedo un poco sorprendida, pero nosotras seguimos hablándole como si nada. Nos presentamos otra vez, le contamos que éramos buenas amigas y que nos gustaría que ella también se uniese a nosotras. Hasta Clara, que no era muy partidaria de quedar con nadie que no fuese yo, la invitó a ir con nosotras al parque a patinar.

Aunque le costó un poco abrirse a nosotras, la verdad es que cuando lo hizo descubrimos que era una niña encantadora. Durante toda la semana pasada fuimos juntas al colegio, jugábamos en los recreos y lo pasábamos muy bien. Pero había algo que a mí seguía preocupándome, parecía como si ocultase algo, un secreto…no sé. El caso es que hoy decidí descubrirlo, ya que creo que tenemos la confianza suficiente para que pueda contarme lo que le pasa. Por eso cuando salimos al recreo, nos fuimos hacia una esquina y allí comencé mi interrogatorio

-Alicia quería preguntarte algo y me gustaría que me dijeses la verdad. Somos amigas y las amigas se ayudan, además puedes confiar en mí.

-Perdona María pero no te entiendo -contestó ella algo sorprendida.

-Sé que te pasa algo, te noto triste y me encantaría poder ayudarte, pero no puedo mientras no me lo cuentes -le dije.

-¡Vaya! No sabía que se me notaba tanto. Pero tienes razón, lo cierto es que tengo problemas en casa…mis padres se están separando -habló con voz triste.

-Lo siento Alicia, eso si que no me lo esperaba. Puedes contar conmigo y con Clara también para lo que necesites -concluí apenada.

Entonces nos contó que sus padres llevaban un año separados y que ella vivía con su madre. Durante este tiempo intentó llevarlo lo mejor posible, aunque era duro aceptar que no volverían a estar juntos. Pero las cosas empeoraron hace unos meses porque su madre no quiere que su padre la visite. No deja de hablarle mal de él y pone trabas cada vez que su papá va a buscarla. Ella lo pasa fatal porque adora a su padre y no entiende porque su mamá hace algo tan terrible.

-Pero eso es horrible, yo me muero si dejo de ver a mi papá. No puedo comprender porque tu mamá hace eso -le expliqué.

-Yo tampoco lo entiendo, pero a mi me hace daño y aunque intenté explicárselo, ella no me escucha.

Durante un rato nos quedamos calladas sin saber muy bien qué decir. Intenté imaginarme cómo sería mi vida sin mi papá, y solo de pensarlo, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Tenía que hacer algo, no podía mirar para otro lado, eso no iba conmigo. Así que cuando salimos de clase, bajamos juntas hacia el patio donde nos esperaban nuestros padres. También estaba la madre de Alicia, y nada más verla, me dirigí hacia ella sin pensar muy bien lo que estaba haciendo.

-¿Eres la mamá de Alicia verdad? -le pregunté.

-Sí, yo soy -me contestó.

-Encantada de conocerla, yo soy María y su hija y yo vamos juntas en la misma clase -le conté.

-Ah, muy bien. Pues un placer conocerte, me alegro de que Alicia vaya haciendo amigas -respondió con una sonrisa.

-Parece usted muy simpática, no entiendo como siendo así puede hacerle esto a su hija -le dije de pronto.

-¿Perdona? No te entiendo -señaló sorprendida.

Entonces le expliqué lo injusto que me parecía que privase a Alicia de la compañía de su padre. No sé qué razones tan terribles podría tener para hacer eso.  Ella los necesita a los dos. Bastante difícil era aceptar que sus padres ya no se querían, para encima tener que perder a uno de ellos. Le pregunté cómo se sentiría ella si le prohibiesen ver a su hija. También le dije que estaba mal lo que hacia y eso no era de buenas personas.

Durante un rato se quedó mirándome como si no pudiese creer lo que escuchaba. Agarró a Alicia de la mano y se fue sin decir palabra. Mientras mi papá que había sido testigo de todo lo que dije, se acercó y me dio un abrazo. No sé si habrá servido de algo, pero al menos creo que alguien tenía que decírselo.


martes, 25 de septiembre de 2012

En el colegio creamos un banco de libros

A pesar de que las vacaciones me encantan, ya tenía ganas de que empezase el colegio. Sobre todo para volver a encontrarme con Clara, mi mejor amiga, ya que en todo el verano apenas nos habíamos visto.

Así que ayer regresamos a la rutina de madrugar y tener que volver a estudiar. Mi papá me acompañó en este primer día y nada más llegar, me encontré con Clara. Al vernos corrimos para abrazarnos entre grititos de alegría. Rápidamente comenzamos a contarnos todo lo que habíamos hecho durante aquellos dos meses. Le expliqué con todo detalle mis vacaciones en la granja de los abuelos y lo bien que me lo había pasado con mi amiga Andrea, la niña que conocí en el pueblo. Ella también disfrutó mucho, ya que su tía la llevó a la playa y lo pasaron genial.

Después de ponernos al día, subimos a nuestra clase para reunirnos con el resto de compañeros. Una vez nos saludamos todos, fuimos poco a poco ocupando nuestros pupitres. La verdad es que estas primeras semanas de colegio son las mejores, ya que no hay deberes y las pasamos haciendo jornadas de convivencia para conocernos un poco más. Aunque  pocas cosas han cambiado con respecto al año pasado, la señorita Paula sigue siendo nuestra profesora y tan solo tenemos cuatro compañeros nuevos, tres niñas  y un niño. Este último se incorporará a nuestra clase la semana próxima. Al oír eso, todas comenzamos a cuchichear pregúntanos cómo sería el nuevo chico. Era una sensación extraña porque antes esas cosas no nos importaban y ahora nos ponemos tontas, ¿será que nos hacemos mayores?

-Bueno chicos atenderme un momentito que voy a explicaros algo -habló de pronto la profesora sacándome así de mis pensamientos-. Este año el colegio ha decidido crear un banco de libros.

-¿Un banco de libros?, ¿y eso qué es? -preguntamos sorprendidos.

Durante un rato, comencé a imaginar cómo la gente podría sentarse en un banco de libros. Recordé que en los parques y en las calles que conozco los bancos son de madera o de metal, pero nunca de libros. Luego creí que se referiría a los bancos donde se guarda el dinero, y en este caso, se guardarían libros. Pero no tenía lógica, porque para eso ya están las bibliotecas. Que lío me monté y por más vueltas que le dí no lo comprendí, menos mal que la señorita Paula terminó por explicárnoslo.

-Cada familia aportará los libros que tenga en casa de cursos pasados. Los juntaremos todos en la biblioteca y los repartiremos entre los alumnos. De esta forma el gasto que supone comprar los libros para vuestros padres será mínimo, ya que solo compraremos los que nos falten.

-Entonces ¿tenemos que traer los libros del año pasado? -preguntó Clara.

-Eso es, durante esta semana quiero que todos traigáis los libros de texto que tengáis en casa. Hasta que no los tengamos no comenzaremos a estudiar en serio -respondió la maestra.

-¡Qué bien! Pues tardaremos en traerlos así nos pasaremos el curso jugando y sin deberes -dijo uno de los niños muy contento, provocando así, las risas de los demás.

-Ya sé que no os apetece mucho trabajar después de las vacaciones, pero cuanto más tardemos en empezar, más tendremos que estudiar luego ¿lo habéis entendido? -nos preguntó nuestra profesora.

-Sí señorita -contestamos todos a la vez.

Cuando llegué a casa, les expliqué a mis padres lo que nos contó la señorita Paula. A ellos les pareció una magnifica idea y alabaron el buen hacer del colegio. Papá dijo que esa era la forma de avanzar, aprovechando los libros de texto y no comprarlos sin necesidad. Cosas así eran las que se necesitaban para salir de la crisis que tanto asfixiaba a muchas familias. Además era absurdo que cada año se comprasen libros nuevos, ¡como si cambiasen tanto las cosas! Siguió razonando que el contenido de muchas asignaturas era siempre el mismo y las variantes que había eran mínimas. Al final, si se pedían libros nuevos, no era por el bien de los niños, sino porque se beneficiaban las editoriales y algunos colegios.

Me di cuenta en ese momento que él tenía razón. Tanto hablar en las noticias de que había que apretarse el cinturón y que debíamos ahorrar para terminar con la malvada Señora Crisis, pero luego al empezar el curso escolar, muchas familias tenían que gastarse un dinero que no tenían en  comprar libros nuevos. No tiene sentido, por eso lo que va a hacer mi colegio deberían hacerlo todos, porque así no solo ayudamos a los padres sino que también reciclamos libros de texto viejos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Mi verano con Andrea y el fin de las vacaciones

Que penita me da que ya se estén acabando las vacaciones. En poco más de una semana empezará de nuevo el colegio y todo volverá a ser lo mismo. ¡Con lo bien que estaba en la granja de mis abuelos! Después de haber pasado todo el mes de agosto con ellos, hoy regresé a casa. Nada más llegar, mamá y papá me recibieron con besos, abrazos y montones de achuchones, y aunque yo también me alegré de verles, creo que exageraron un poquito ¡Ni que me hubiese ido a la China!

Tan solo llevo un día en casa y ya echo de menos el pueblo. Allí la vida es infinitamente mejor que en la ciudad. Todo es paz y tranquilidad. Además me dejaron hacer un montón de cosas. Podía salir a la calle sin miedo al tráfico…básicamente porque no hay. Cualquier hora es buena para ir a jugar y no tenía que acostarme temprano. También me divertí con los animales de la granja: las ovejas, las vacas, los cerdos y las gallinas. Todas las mañanas ayudaba al abuelo a cuidarlos y ellos me lo agradecían en sus diferentes idiomas. Aunque lo mejor de todo, fueron las tardes en la piscina del pueblo. Mi abuela me llevaba casi todos los días para que pudiese darme un chapuzón, y poder así, hacer amistad con los otros niños. Fue allí donde conocí a Andrea.

Ella era una niña un poco diferente a los demás. Casi siempre estaba metida en líos y por eso terminaba castigada y sola. Nadie quería jugar con ella y apenas tenía amigos. Solo se acercaban para provocarla y que hiciese las trastadas que los demás no se atrevían a hacer. Por supuesto Andrea lo hacía y acababa cargando con las culpas de todo, por lo que su fama de traste crecía cada día más.

Todo el mundo la criticaba a ella y también a sus padres, a los que culpaban del comportamiento de la niña. A mí, en cambio, me parecía muy graciosa y creo que la gente exageraba mucho. Así que decidí hacerme su amiga, pero de las de verdad. No haría como los demás que solo la utilizaban para burlarse de ella.

Poco a poco fui descubriendo que Andrea era una niña encantadora, muy cariñosa y que lo único que quería era jugar y divertirse. También supe que padecía una especie de enfermedad que se llamaba hiperactividad. Su mamá me explicó que esto la hacía actuar sin pensar en las consecuencias. Además tenía dificultad para aprender las cosas debido a que le costaba concentrarse y prestar atención.

-¡Oh que pena! Ahora lo entiendo todo -le dije.

-No debes sentir pena María, es una niña como las demás que solo necesita cariño y compresión. Pero la gente prefiere criticarla a comprenderla -me explicó su mamá.

-Pues yo le daré todo eso y me gustaría mucho que la dejases venir a dormir a mi casa, ¿me das permiso, por favor? -le pregunté.

-Siii mami, déjame ir con María, anda porfis -habló Andrea toda emocionada.

-Vale, vale, está bien. Pero primero deberías preguntarle a tu abuela nena, ya que no me gustaría molestarla -contestó su mamá.

-No te preocupes, estoy segura de que ella aceptará encantada -respondí con una sonrisa.

-De acuerdo, entonces puedes ir Andrea, pero recuerda portarte bien -concluyó su madre.

Aquella fue la primera noche que pasamos juntas y recuerdo que fue estupenda. Ayudamos a mi abuela con la cena y al terminar recogimos todo. Andrea tanto quería hacer, que cogió los platos alocadamente y con tanta prisa terminó rompiendo uno. La pobre se quedó muy triste y no paraba de pedir perdón. Pensaba que ya no íbamos a quererla por eso. Pero en ese momento la abracé fuerte y le dije que no importaba nada, tan solo era un plato y nada más. Desde aquel día, ella y yo fuimos inseparables.

Pasamos el resto del mes juntas y nos hicimos muy buenas amigas. Lo pasamos genial: nos bañamos en la piscina, hicimos un pequeño picnic con su madre, montamos en bicicleta y también ayudamos al abuelo a recoger la fruta madura de la granja. Mientras Andrea y yo estuvimos juntas, ninguno de los niños del pueblo quiso jugar con nosotras. Incluso le llegaron a decir a mi abuela que cómo me dejaba andar con ella, que era una mala influencia para mí. Pero ella les contestó que vergüenza debería darles, y que lo que tenían que hacer, es enseñar a sus hijos educación y no a despreciar a los demás por ser diferentes.

Aunque me sentí muy orgullosa de la respuesta de mi abuela, no pude evitar sentir mucha pena, al comprobar como la gente  rechazaba a Andrea sin conocerla. Ni siquiera le daban la oportunidad de demostrar lo maravillosa que era. Pero bueno, ellos se lo perdían, para mí era mi amiga y punto. Así que cuando tuve que regresar a la ciudad nos despedimos entre lágrimas y prometimos escribirnos. Sin duda ha sido un buen verano y ya tengo ganas de que llegue algún fin de semana largo, para volver al pueblo y jugar con ella.

jueves, 19 de julio de 2012

Sin extra los funcionarios no funcionarán

Hoy ha sido uno de esos días en los que entendí todos los enfados de papá. Fue la primera vez que sentí rabia y unas ganas tremendas de gritar, al comprobar lo injusto que era todo. La Señora Crisis estaba pasándose de la raya y amenazaba seriamente los derechos de la gente, ayudada por los políticos, que según me explicó papá, eran los que tomaban las decisiones que lo empeoraban todo. Siempre pensé que era un pelín exagerado y el tener que estar en casa sin trabajo, le había echo un refunfuñón. Pero hoy me he dado cuenta de que no era así.

Esta mañana salimos a buscar el pan y esperando el ascensor, nos encontramos con nuestro vecino Hugo y su padre. Me extrañó que Iker, su perrito, no fuese con ellos, y al preguntarle me contó que se había quedado en casa porque estaba algo pachucho. El que también parecía malito era su padre, ya que no tenía buena cara y estaba como triste. Entonces mi papá le preguntó si le ocurría algo y él le dijo que estaba agobiado por todo lo que estaba pasando. Que se sentía sin ganas de nada y que los políticos no pensaban en los ciudadanos. Como si no fuese bastante complicado salir adelante, para que ahora les quitasen la paga extra de navidad.

¿Cómo que les quitaban la paga extra? No entendía a qué se refería y le pregunté que era eso. Entonces me explicó que era un sueldo que les daban a todos los trabajadores por navidad. Supuestamente era para ayudarles con los gastos que traían esas fiestas y para que todas las familias pudiesen celebrarlas dignamente. Pero este año, debido a la crisis, el gobierno había decidido quitársela a los funcionarios como él.

-¿Funcionario? ¿Y qué clase de trabajo es ese? ¿De funcionar? -pregunté sorprendida.

-Es como se conoce a los trabajadores públicos, como los profesores, bomberos, policías, médicos, enfermeros, etc. -me explicó mi papá entre risas.

-¡Ah vale! ¿Y qué funcionario eres tú? -le pregunté al padre de Hugo.

-Yo soy celador de urgencias. Trabajo en el Hospital, ayudando a los médicos y enfermeras. También recibo a la gente que viene enfermita y la llevó adonde sea necesario -me contó.

-Vaya, parece un trabajo muy interesante -le dije.

-Pues sí María, es un trabajo que me encanta. Poder ayudar a los demás en esos momentos en que están enfermos y necesitan una mano amiga, es algo que me llena mucho -me dijo con una sonrisa.

-La verdad es que es una bonita tarea la que realizáis y muchas veces la gente no se da cuenta de vuestra labor -habló mi papá.

-Es cierto, pero a nosotros lo que nos importa es socorrer a quién lo necesita. Por eso después de veinte años dedicándome a esto con toda la ilusión y colaborando para el bienestar del paciente, suceden estas cosas y me quitan las ganas de todo -me explicó.

No me extrañaba que tuviese mala cara y que el pobre hombre se sintiese así. Además en su casa solo trabajaba él, ya que la mamá de Hugo era ama de casa. Por eso comprendía perfectamente su preocupación y que tuviese miedo a que las cosas se pusieran algo más difíciles para ellos. Sinceramente me daba pena la situación que atravesaba la familia de Hugo.

-La culpa es de la dichosa Señora Crisis que no sabe hacer más que fastidiar -dije de pronto muy enfadada.

-Tienes razón pequeña, pero nosotros no tenemos la culpa y no es justo que lo paguemos. Además cuando comencé en este trabajo, me compré una casa para mi familia contando con este sueldo, y si ahora, me lo recortan y me quitan lo que gano con mi sudor ¿Cómo pagaré? -habló el padre de Hugo con tristeza.

Después de aquellas palabras, nos quedamos callados sin saber muy bien que decirle. Mientras yo intentaba comprender cómo un gobierno, que supuestamente está al servicio de los ciudadanos, se dedica a perjudicarlos. No puedo entender que los mayores no hagan nada, porque mucho quejarse y después todos aceptan lo que les manden. Decididamente el mundo de los adultos no me gusta nada, y una cosa tengo clara, no pienso permitir que Iker, el perrito de Hugo, pase hambre por culpa de los recortes que sufre su familia ¡Ah no! Por ahí no paso.

martes, 10 de julio de 2012

Los mayores se quejan pero no hacen nada

Este mediodía, papá volvió a enfurecerse viendo las noticias, después de pasar unos días de paz y tranquilidad, en que todo fue felicidad porque “La Roja” había ganado la Copa de Europa. Pero fue encender el televisor para que la realidad volviese de golpe. Una vez más comenzó a hablar solo, diciendo que “no hay derecho”, “que poco dura la alegría en la casa del pobre”, “esto es una injusticia” y no sé cuantas cosas más.  Preocupada por él, me fui hacia el salón para enterarme qué había pasado esta vez.

-¿Qué pasa papi? ¿Alguna noticia mala? -le pregunté.

-No cariño, no hay alguna noticia mala…todas lo son -contestó molesto.

-Bueno seguro que exageras, algo bueno dirán -contesté intentando animarle.

-Pues no María, ojala todo fuesen exageraciones mías. Pero esto se está poniendo muy mal y no sé adónde vamos ir a parar, ni cuanto aguantaremos -dijo con voz triste.

Como no entendía muy bien de lo que hablaba, le pedí que me lo explicase. Entonces comenzó a contarme que el gobierno seguía haciendo recortes que perjudicaban seriamente a la gente que menos tenía. Subían impuestos que aumentaban los precios de cosas tan necesarias como el pan, los huevos, la leche, etc. Además, también tendríamos que pagar un extra en nuestros medicamentos. Vamos, que ahora, hasta para ponernos enfermos habría que pensárselo. Y todo esto, había que sumarlo a que encontrar trabajo era cada vez más complicado.

-Pero hay algo que yo no entiendo papi. Si el gobierno lo elige la gente, este no puede hacer lo que quiera ¿o sí? -pregunté sorprendida.

-Debería ser como tú dices nena, ellos tendrían que hacer lo que es mejor para todos. Pero no lo hacen, actúan en beneficio de unos pocos y recortan en los derechos de las personas como nosotros -me explicó.

-¿Y no podemos hacer nada? -pregunté.

-Claro que podemos. Tendríamos que levantarnos todos y no dejar que hiciesen lo que les diese la gana. Igual que hacen los mineros, que son los únicos con el valor suficiente para protestar lo que haga falta, antes de permitir que les recorten en sus derechos. Ellos pelean por el bienestar de sus familias y no se dejan amedrentar así como así -habló papá muy serio

-Y si los que nos gobiernan lo están haciendo tan mal ¿No podemos echarles y elegir a otros? -pregunté.

-Pues mira eso no sería una mala idea, echarlos a todos a la calle y que tengan que vivir como muchos de nosotros, con lo mínimo. Ya verías como se iban a enterar de lo que vale un peine -me dijo.

-Bueno, un peine no cuesta muy caro. Mejor que se enteren de lo que vale un secador de pelo que cuesta más -indiqué.

En ese momento papá se echo a reír a carcajadas, por lo que deduje que lo del peine no iba en serio y tan solo era una ironía de esas que tanto les gusta usar a los mayores. Pero bueno, al menos conseguí, sin querer, que por un rato se olvidase de todas aquellas noticias que tanto le enfadaban.

Aunque entendí todo lo que mi papá me explicó, hay cosas que no puedo comprender. ¿Por qué la gente no hace nada y aceptan sin más todas esas cosas malas que tanto nos perjudican a todos? ¿Por qué no salen a la calle todos juntos? Igual que lo hicieron para celebrar que éramos campeones. ¿Por qué solo los mineros protestan? ¿Acaso nosotros no somos como ellos? Pienso que cuando algo está mal, simplemente hay que cambiarlo antes de que se ponga peor. Por eso no entiendo como los mayores se quedan quietos ante tantas injusticias, y olvidan que además de jugarse su presente, se están jugando nuestro futuro.


jueves, 5 de julio de 2012

Ellos no lo harían

Por fin estábamos de vacaciones y ya no tenía que madrugar. Por eso esta mañana había quedado con Hugo para sacar a pasear a su perrito Iker. Así que al terminar de desayunar vinieron los dos a buscarme. Nada más abrirles la puerta, el animalito se echó como un loco hacia mí, al mismo tiempo que movía su rabito sin parar. Me lamió toda y se metió entre mis pies mientras emitía unos ladridos nerviosos. Según me explicó Hugo, era su forma de saludarme y de demostrarme lo contento que estaba al verme.

-Buenos días también para ti, bonito -le dije al perrito agachándome para acariciarlo.

-Le gustas mucho María. Será porque eres una chica -me dijo Hugo.

-No te entiendo, ¿qué tiene que ver eso para que le guste? -pregunté intrigada.

-Te diré un secreto, Iker se muere de ganas por tener una novia y como tú eres chica, a lo mejor por eso le gustas más -me contestó guiñándome un ojo.

Me quedé muy sorprendida con lo que me contó Hugo. No sabía que los animalitos también sentían la necesidad de tener novia o novio. Mientras dábamos el paseo por el parque, le pregunté a Hugo porque no le buscábamos una. Él me contestó que eso no era fácil y me explicó que los perros se guiaban por su olfato. Con él decidían quién les gusta y quién no.

-Eso quiere decir que si se acerca una perrita a él, sino le huele bien ¿no la querrá como novia? -pregunté curiosa.

-Más o menos, pero tiene que ser algo mutuo. Se tienen que gustar los dos -respondió.

Después de todas las explicaciones que me dio Hugo, decidí que mi misión para estas vacaciones sería encontrarle novia a Iker. No quería que el perrito se sintiese mal y pondría todo mi empeño en ayudarle a encontrarla. Lo que no me imaginaba es que lo haría más pronto de lo que yo pensaba. Terminado el paseo nos fuimos para casa, que ya casi era la hora de comer. Durante la comida les conté a mis padres que quería buscarle una novia a Iker, para que el perrito no estuviese triste.

-No me digas que ahora vas a hacer de Celestina para un perro -dijo mi hermano Pedro entre risas.

-Solo quiero ayudarle y no sé quién es esa Celestina. Yo soy María ¿no te acuerdas? -respondí algo molesta.

-No te metas con tu hermana. Es muy bonito lo que quiere hacer y a lo mejor yo puedo ayudarte -dijo mamá.

-¿Ah sí? ¿Cómo? -interrogué.

-Esta tarde veniros Hugo, el perrito y tú a la peluquería -contestó.

-¡Mamá! Necesita una novia, no un corte de pelo -le dije en tono irónico.
-Ya lo sé cariño, pero es que al lado de la peluquería han abierto un taller de reparación de calzado. El dueño es un chico muy majo y tiene una perrita muy bonita, y a lo mejor Iker y ella se gustan -me explicó.

-¡Genial! ¡Eso es fantástico! Ahora mismo se lo voy a decir a Hugo -hablé toda acelerada.

Subí hasta su casa y cuando se lo conté, a él también le pareció una idea estupenda. Así que sobre las seis de la tarde, nos fuimos los tres hasta la peluquería de mamá. Una vez llegamos, yo estaba impaciente por conocer a la perrita. Parecía como si el novio fuese para mí en vez de para él. Entonces mamá nos acompañó hasta el negocio de Jose, que era así como se llamaba el dueño de la perrita.

-Buenas tardes Jose -saludó mamá-. Esta es mi hija María, nuestro vecino Hugo y su perrito Iker -nos presentó.

-Hola ¿qué tal estáis? Encantado de conoceros -nos dijo con una sonrisa.

-¿Dónde tienes a tu perrita? -pregunté de pronto.

-María por favor, que manera es esa de saludar. No seas mal educada -me regañó mamá.

-Perdón, pero es que tengo muchas ganas de que se conozcan -hablé algo avergonzada.

-Vaya, tú si que haces honor al nombre de mi negocio “El Relámpago”, vas rápidamente a lo que quieres -me dijo Jose con sarcasmo.

En ese momento todos comenzaron a reírse por mi impaciencia y por su respuesta. Entonces se fue a buscar a su perrita que estaba en el bar de al lado, porque allí siempre le preparaban algo de aperitivo. Ella era muy lista y se había ganado la confianza de los camareros que no dudaban en mimarla. A los pocos minutos aparecieron los dos. Era un animalito precioso, de color negro y con las patitas blancas. Él nos explicó que se llamaba Thays, pero que en el barrio la conocían por “calcetines”, precisamente por el color de sus patitas, ya que daba la impresión de que llevaba puestos unos calcetines. También nos contó que la había recogido en un refugio de Sevilla, ya que la habían abandonado.

-¡Es muy bonita! No entiendo como alguien puede abandonar a un animalito así -dije mientras la acariciaba.

-Es difícil de entender María, pero hay mucha gente que abandona a los animales, sobre todo ahora en las vacaciones -me explicó Jose.

Mientras nosotros hablábamos, Iker y Thays comenzaron a lamerse, bueno…primero a olerse, ya que esa es la forma que tienen de conocerse. Al poco rato, empezaron a jugar y se les veía muy contentos juntos. Yo me sentía feliz por los dos animalitos y satisfecha porque había cumplido mi objetivo, que era encontrarle novia a Iker.

Media hora después nos despedimos y quedamos con Jose para volver otro día. A los perritos les costó separarse y Hugo tuvo que tirar de Iker para sacarlo de allí. Observando a los dos animalitos comencé a pensar cómo podía haber personas tan crueles capaces de hacerles daño y abandonarles. Ellos te dan un montón de cariño y agradecen todo el bien que les haces. Para mí ese tipo de gente no tiene corazón y no merecen nada y estoy segura que los perritos, jamás lo harían.