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jueves, 31 de enero de 2013

Vivimos en un país de pandereta

Hacía varios meses que papá no se enfurecía por las noticias de la televisión. Empezaba a pensar que ya no había nada malo por lo que enfadarse, pero una vez más, me equivocaba. Este mediodía justo cuando estábamos terminando de comer, papá comenzó a refunfuñar en un idioma incomprensible. Todos nos quedamos en silencio intentando descifrar lo que decía, pero no había forma de entenderle.

-Cariño por dios pero ¿Qué te ocurre? Tranquilízate que te vas atragantar -señaló mamá ligeramente preocupada.

-Es que no hay derecho, lo que esta pasando no es normal. Vivimos en un país de pandereta -le contestó cada vez más irritado.

Durante un rato me quedé pensando cómo sería un país de pandereta, ¿tendría la forma de ese instrumento musical?, ¿o quizás sería un país donde la gente se dedicaba a tocar la pandereta todo el día? Pues si era así, parecía divertido. No entiendo por qué papá se enfadaba tanto, a mi no me importaría vivir en un sitio donde estuviésemos todo el día cantando y bailando. Aunque no tardé mucho en darme cuenta que no era más que una de esas expresiones de mayores, donde lo que decías nada tenía que ver con lo que significaba.

Mientras yo seguía absorta en mis pensamientos, mi papá seguía hablando sin parar cada vez más furioso. Tan rápido lo hacía que tan solo pude entender alguna que otra frase suelta, las cuales no tenían mucho sentido para mí. Así que decidí preguntarle para que me lo explicase. Pensaba que tal vez si me lo contaba se sentiría mejor, ya que algunas veces cuando hablamos con alguien de las cosas que nos hacen sentir mal, terminamos sintiéndonos bien.

-No te pongas así papá, seguro que no es para tanto -le dije con una sonrisa.

-Es para más nena. No es justo lo que está pasando, con tantas familias con necesidad, gente sin trabajo y que estos políticos se dediquen a repartir dinero en sobres…es una vergüenza -habló muy cabreado.

-No entiendo nada, pero eso debería ser una buena noticia ¿no? Si reparten dinero podríamos ir allí y que nos den un sobre de esos también a nosotros -dije muy segura.

Durante unos minutos mi papá se quedó mirándome con los ojos abiertos como platos, como si no pudiese creer lo que había dicho, pero ¿Qué había dicho? De pronto comenzó a reírse a carcajadas, las cuales terminaron por contagiar a mi mamá y a mi hermano Pedro. Empecé a sentir que se burlaban de mí, yo que intentaba animarle y al final acababa siendo el chiste del día. Me quedé esperando un rato a que terminaran de reírse a gusto para que me explicasen qué había dicho de gracioso.

-¡Ay cariño mío! Si no fuese por estos momentos que nos das, la vida sería mucho más triste -dijo papá entre risas.

-Me alegro que lo veas así papi, pero sigo sin entenderlo -contesté.

-Ya sé María que no es fácil de entender, pero esos sobres de dinero no los reparten con la gente, no son para ayudar a quienes lo necesitan. Son para que ellos se hagan más ricos a costa de los demás y eso no esta bien. Los políticos deberían ser responsables, pensar primero en los ciudadanos, buscar soluciones para que las cosas mejoren y todos podamos vivir dignamente. Pero no lo hacen cariño, la mayoría quieren esos puestos para vivir ellos bien sin preocuparse de nada más -me explicó muy serio.

-Menudo discurso le has soltado, no deberías decirle esas cosas. Es muy pequeña aún y debería preocuparse en estudiar y jugar y no en cosas de mayores -apuntó mamá regañándole.

-No le riñas mami, quiero que me lo cuente. Quiero saber lo que ocurre, yo también vivo en este país -le dije.

-Di que si nena. Esta es mi chica -indicó papá con una sonrisa.

Aunque no me quedó muy claro lo que me contó papá, le agradecía enormemente que siempre se molestase en explicármelo todo. Aquel tiempo que dedicaba a contarme como eran las cosas, tratándome como si ya no fuese una niña pequeña, me hacía sentir muy importante. Por eso, y por muchas otras cosas le quería tanto. Algún día, cuando sea mayor, intentaré cambiar todas las injusticias que pasen a mí alrededor, y este país nunca más volverá a llamarse de pandereta.

jueves, 3 de enero de 2013

Unas Navidades diferentes

Este año las navidades fueron un poco extrañas. Normalmente las pasábamos en el pueblo, en la granja de los abuelos. Pero esta vez no pudo ser, porque la abuelita se puso enferma y tuvieron que llevarla al hospital. Al principio yo me asusté mucho porque pensaba que tenía algo malo. No paraba de preguntarle a papá qué le ocurría a mi abuela, pero él siempre me decía que no había nada de que preocuparse, que era algo sin importancia.  No entiendo porque a los mayores les cuesta tanto decir la verdad, si era cierto que no pasaba nada ¿Por qué estaba en el hospital? ¿Por qué llevaban días con caras tristes? ¿Acaso creían que si no me lo contaban no me enteraría?

Como nadie contestaba mis preguntas, decidí interrogar a mi hermano Pedro a pesar de que no esperaba muchas respuestas por su parte, ya que él nunca se enteraba de nada. Pero esta vez me sorprendió y le agradecí mucho que me contase la verdad. Fue la primera vez que vi a mi hermano, preocupado por algo más que la ropa que se pondría, el peinado que llevaría o la música que más sonaba.

-La abuela tiene un tumor y tienen que operarla, aunque no es grave y seguramente se recuperará muy pronto -me explicó muy serio.

-¿Qué es un tumor? -pregunté sorprendida.

-Para que lo entiendas, te diré que es como un bulto que nace dentro del cuerpo y si no se quita te puede hacer daño -me contó.

-Ah entiendo, entonces una vez que se lo quiten se pondrá bien ¿verdad?

-Pues claro que sí María -me dijo mi hermano con una sonrisa que me tranquilizó mucho, ya que al fin, comenzaba a entender lo que pasaba.

Días después operaron a la abuela y todo salió estupendamente. Mis padres respiraron aliviados y nuestra casa recuperó el aire navideño que le faltaba. Una semana más tarde le daban el alta y por fin pudimos celebrar la navidad todos juntos. Me sentía feliz viendo la alegría de mi familia, y sobre todo me encantaba tener a los abuelos en casa. Desde que ellos estaban en casa, las cosas eran un poco diferentes. Por la mañana ayudaba a la abuela a vestirse, mientras mamá preparaba el desayuno para todos, y por las tardes salíamos a pasear porque el médico había dicho que eso era bueno para su recuperación.

Fue así como esta tarde salimos a dar una vuelta por la ciudad. Por la calle nos encontramos a Asun, una amiga de la abuela que iba con su nieta Aroa. La niña era casi de mi misma edad y mientras los mayores charlaban de sus cosas, nosotras no quedamos pasmadas mirando el escaparate de un comercio enorme de juguetes. Había montones de ellos: juegos, muñecas, coches teledirigidos, ositos de peluche…era increíble la cantidad de cosas que tenían allí.

-Oye mamá ¿crees que es aquí donde los Reyes Magos compran los juguetes? -pregunté muy seria.

-Pues no lo sé nena, pero creo que aquí es donde los niños pueden elegir lo que más les gusta para después pedírselo a ellos en las cartas -me explicó.

-Pero si estamos en crisis y no hay dinero ¿Cómo harán ellos para comprar todos los regalos de los niños? -pregunté muy seria.

Al escuchar mi pregunta, todos comenzaron a reírse a carcajadas. Bueno ya empezamos, a saber qué dije en ese momento…no sé que tuvo de raro mi pregunta. A mi y a Aroa nos pareció de lo más lógica, teniendo en cuenta que en el mundo vivimos millones de niños. Me intrigaba saber cómo harían ellos para comprar tantos regalos. Entonces la abuela me cogió por la mano y me pidió que me sentara con ella en un banco que había allí al lado.

-Mi pequeña María, los Reyes no necesitan comprar nada, tesoro, porque ellos son mágicos. Son los magos más poderosos del mundo, es por eso que saben qué niños se portan bien y cuales se portan mal -me contó con una dulce sonrisa.

-Entonces puedo pedir lo que quiera que me lo traerán ya que yo soy muy buena y me portó muy bien -le dije.

-Pues claro mi niña, tú pide las cosas que más desees. Pero recuerda que no debes ser avariciosa y tienes que pedir con sensatez.

-Vale abuela, así lo haré -dije mientras nos despedíamos de Asun y Aroa.

Una vez llegamos a casa, me fui derecha a mi habitación para escribir la carta a los Reyes Magos. Comencé saludándolos y deseándoles que estuviesen muy bien. A continuación empecé a poner los nombres de los juguetes que más me gustaban. Quería una muñeca Monster High, una Nintendo Ds y la casa de Peppa Pig. De todos ellos el que más ilusión me hacía era la muñeca. Mi amiga Clara y yo estábamos locas por ellas porque nos encantaban y eran monstruosamente preciosas.

Casi tenía mi carta terminada, cuando recordé todo lo que nos había pasado a mi familia y a mí en este último año. La pérdida de trabajo de papá, los apuros económicos que tenían para llegar al final del mes, la peluquería que había alquilado mamá y que funcionaba a duras penas, la imprevista enfermedad de la abuela…En ese momento me di cuenta que pedir juguetes era un poco egoísta por mi parte. Así que los taché y les pedí un trabajo para mi papá, clientas para la peluquería de mamá y salud para todos, sobre todo para mi queridísima abuela. Al fin y al cabo si ellos están bien yo me siento feliz y no necesito nada más. Solo espero que los Reyes escuchen mis peticiones y que me concedan lo que les he pedido que para eso fui muy buena todo el año.

P.D. De todas formas, si a pesar de todo decidís traerme la muñeca Monster High, quiero que sepáis que me haríais muy pero que muy feliz.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Tenemos chico nuevo en la clase

Esta mañana, Clara vino a recogerme a casa para ir juntas al colegio. Normalmente me acompaña mi papá. Pero hoy tenía que ir al médico, así que le pidió a la tía de Clara si podía ir con ellas. Por supuesto nosotras estábamos encantadas, ya que nos gustaba mucho estar juntas desde la primera hora del día. Si por mí fuera, papá podría ir al doctor todos los días.

Nada más terminar el desayuno, salí rápidamente por la puerta, ya que ellas ya me esperaban en el portal. Al llegar, las saludé con un “buenos días” para dirigirnos calle arriba hacía la escuela. Por el camino Clara y yo charlábamos animadamente de nuestras cosas, cuando de pronto ella me preguntó:

-Todavía falta un niño por incorporarse a nuestra clase ¿Cómo crees que será?

-Es verdad, no me acordaba. Pues no sé, pero que más da -respondí.

-Es curiosidad María, a lo mejor es un niño gracioso y nos reímos un montón en clase con él -me dijo.

-Me parece que lo que tú quieres saber es si es guapo, ¿verdad? -pregunté con ironía.

-¿Qué dices? No, no, a mí eso no me importa…bueno un poco sí -me confesó, finalmente en voz baja.

Al oírla, comencé a reírme a carcajadas. En un primer momento se quedó sorprendida ante mi reacción, pero unos segundos más tarde se unió a mí y ya no pudimos parar. Hasta su tía se contagió de nuestras risas ¡y eso que ella no sabía de qué se reía! Esto provocó que las tres nos riésemos todavía más, y con esta alegría, llegamos al colegio, nos despedimos de su tía y corriendo cruzamos el patio.

Nada más entrar en la clase se nos acercó Alicia, una de las niñas nuevas. Las tres nos habíamos hecho buenas amigas, sobre todo desde que nos contó lo mal que se sentía porque sus padres estaban separándose. Ellos mantenían una pequeña guerra para ganarse su cariño. La madre no quería que viese al padre e intentaba envenenarla en su contra. Ambos olvidaban que lo que realmente le importaba a Alicia era que los dos la quisieran tanto como ella les quería a ellos. Pero esta mañana, después de varias semanas de tristeza, por fin la notamos alegre.

-Buenos días chicas -nos saludó muy sonriente.

-Hola Alicia ¿Qué contenta estás? ¿Ha ocurrido algo? -preguntamos curiosas.

-Es cierto, estoy feliz. Mis padres han llegado a un acuerdo y podré ver a mi papá todos los fines de semana ¿a que es genial? -nos dijo emocionada.

-Como nos alegramos por ti -le dijimos al unísono mientras nos abrazábamos las tres.

-Gracias chicas, sois unas buenas amigas. Sobre todo tú María, porque lo que le dijiste a mi madre el otro día fue decisivo para que las cosas cambiarán -nos explicó visiblemente emocionada.

Con estas buenas noticias nos sentimos tan felices por ella, que no nos dimos cuenta de que la señorita Paula había entrado en el aula y llevaba un rato diciéndonos que nos sentásemos. Una vez en nuestros sitios, nuestra profesora nos comunicó que hoy se incorporaría el nuevo alumno que nos faltaba. Nos explicó que había estado enfermo y por eso que no había podido venir antes. Fue en ese momento cuando alguien llamó a la puerta de la clase.

-Adelante -indicó nuestra maestra mientras todos nos girábamos para ver quién era.

-Buenos días -dijo un niño asomando su cara y sonriendo con entusiasmo. En ese instante y desde mi pupitre, no logré verlo con claridad, pero cuando giró la cabeza hacia a la clase sentí que el corazón me daba un vuelco.

-Buenos días, pasa por favor -dijo la señorita Paula-. Niños os presento a Lucas, a partir de ahora será vuestro nuevo compañero.

No me lo podía creer...ni Clara tampoco. Este era el niño que habíamos conocido hacía unos meses y que nada más verlo me hacía sentir un extraño cosquilleo en el estómago. No sé qué me pasaba con él, era algo raro y que no lograba entender. Aunque lo peor de todo era lo mal que se llevaba con Clara. No sé muy bien por qué, pero cuanto más me gustaba a mí, menos le gustaba a ella ¡Ay pobre! Con la ilusión que le hacía el chico nuevo.

La señorita Paula lo acompañó a su pupitre y al pasar por mi lado, me hizo un guiño. En ese momento sentí como me ponía colorada. Las piernas comenzaron a temblarme y no sabía muy bien para dónde mirar. Lucas se sentó delante de mí, y una vez colocado se giró y me dijo: “creo que este curso va a ser uno de los mejores”

martes, 23 de octubre de 2012

El domingo por la tarde fuimos a votar

El domingo pasado no fue como los otros domingos. Normalmente, por las tardes solemos salir a pasear, miramos escaparates, me llevan al parque y terminamos tomando algo en la terraza de alguna cafetería. Pero esta vez papá dijo que haríamos algo diferente: iríamos a votar. Durante un rato me quedé pensando cómo querría hacerlo. Quizás ayudados por una cuerda o simplemente daríamos saltos por la calle. Sentía curiosidad por las repentinas ganas que le habían entrado a papá por saltar. Ya me imaginaba una maravillosa tarde de saltos en familia. Pero pronto me di cuenta, que el “votar” al que papá se refería no tenía nada que ver con la diversión que había imaginado.

Fue al terminar de comer cuando papá nos explicó que iríamos al colegio para votar ¿Cómo que al colegio? pregunté sorprendida. Entonces me contó que este domingo era día de elecciones y que la gente iba a las escuelas para elegir qué políticos nos gobernarían los próximos cuatro años, a eso le llamaban votar. ¡Qué desilusión! Y yo pensando en saltar toda la tarde y resulta que al final era una cosa de mayores ¡Menudo rollo!

Una vez llegamos al colegio, nos dirigimos hacia el polideportivo. Allí habían instalado unas mesas, en las cuales habían colocado unas cajas plásticas transparentes. En la parte de arriba tenían una ranura, y pensándolo bien, se parecían mucho a una hucha, pero más grande. Sin embargo no se utilizaban para guardar dinero, ya que según me explicó papá, por aquella ranura era por donde se introducía la papeleta con la que votabas. Ahora entiendo por qué estaban llenas de sobres, y yo que pensaba que la gente las había confundido con un buzón de correos…en fin. En la mesa principal estaba la señorita Paula, mi profesora. Al verla, corrí a saludarla.

-¡Hola María! ¿Tú también has venido a votar? -me preguntó con una sonrisa.

-Ya me gustaría, pero no me dejan. Dice mi papá que tengo que ser mayor para hacerlo -le contesté.

En ese momento unos ladridos nerviosos interrumpieron nuestra conversación. Me giré rápidamente, aunque ya sabía quién era. Por supuesto era mi amiguito Iker, el perrito de nuestro vecino Hugo, que iba acompañado de sus padres, ya que estos también habían ido a votar. El animalito al verme se puso a dar tirones a su correa, tantos, que casi tira a su dueño, lo que provocó algunas risas. Pero primero lo saludé a él y a sus padres, para finalmente acercarme al perrito, para acariciarlo. Este se puso muy contento, dando saltos, lametones y moviendo su rabito sin parar. Mientras le hacía mimitos comencé a escuchar como mi padre y el de Hugo hablaban de las elecciones y de lo importante que era votar. También se lamentaban porque la crisis estaba haciendo mucho daño a las familias, faltaba el trabajo y las cosas cada vez costaban más caras.

-¿Y por qué en vez de quejaros tanto no hacéis algo para que las cosas cambien? -pregunté de pronto.

-Bueno María, eso no es tan fácil. Pero mira venir a votar ya es una forma de intentar cambiarlas. Además esto nos da la oportunidad de elegir políticos que puedan mejorar la situación actual -contestó mi papá sorprendido ante mi inesperada pregunta.

-Pues que bien, así podrán destruir a la Señora Crisis y la gente volverá a tener trabajo y esas cosas -dije muy convencida.

-Esa es la idea, que entre todos podamos terminar con esta situación y las cosas comiencen a mejorar -habló el padre de Hugo.

-Entonces por qué los políticos que nos gobiernan no hacen lo posible para terminar con la Señora Crisis, al fin y al cabo ella es mala y nos afecta a todos -razoné.

-Sí nena, es mala, y precisamente eso tienen que hacer los políticos, terminar con ella. Además, está perjudicando sobre todo a los que menos tienen. Porque son los que al final terminan pagando las cosas que se hicieron mal, con subidas de impuestos, recortes, etc. ¿entiendes cariño? -me explicó.

La verdad es que entender, entendía, pero tan solo sus palabras. Porque lo que decía en ellas…pues no. Para mi las cosas eran mucho más sencillas. Si los que gobiernan lo hacen mal, pues se cambian y punto. Se eligen otros que lo hagan mejor y que miren por los derechos de las personas. Otros que consigan que mi papá y otros papas y mamas tengan trabajo para poder pagar sus facturas. Otros que no recorten en educación, sino que inviertan en ella para que los niños podamos tener más oportunidades cuando seamos mayores. Otros que nos ayuden cuando estemos enfermos con más médicos y mejores. Otros que sepan terminar con la Señora Crisis y todo el mal que la rodea. Otros que acaben con la pobreza y que repartan la riqueza entre todos.

Definitivamente no comprendo para qué sirven unas elecciones si las cosas no van a cambiar, si la gente no pelea por lo que quiere ¿Quién lo hará? El mundo de los mayores me parece absurdo, además de complicado. Solo espero que cuando yo sea mayor las cosas sean diferentes porque si no lo son, os aseguro que yo las cambiaré. No pienso quedarme quieta mientras se cometen injusticias.

martes, 16 de octubre de 2012

Quiero a mi papá igual que a mi mamá

Tan solo hace un mes que empezaron las clases y da la sensación de que el verano ya queda muy lejos. En estas primeras semanas en las que apenas tuvimos deberes, dedicamos la mayor parte del tiempo a contarnos nuestras vacaciones y a conocer a los nuevos compañeros. Este año teníamos cuatro alumnos nuevos, tres niñas y un niño. Este último aún no se incorporó, así que comenzamos conociendo a las niñas. Al principio estaban algo incómodas porque no conocían nada, pero poco a poco se han ido integrando con el resto de la clase. Bueno todas menos una, Alicia que así se llama y casualmente se sienta entre Clara y yo.

Alicia apenas hablaba con nadie, se pasaba callada todo el tiempo y con la mirada perdida. Era como si no estuviese allí, como si su cabeza volase a otro sitio. No sé pero me daba la impresión de que algo le preocupaba y la entristecía. A pesar de todos los esfuerzos de la señorita Paula, nuestra profesora, para que hablase y colaborase con el resto de la clase, todo parecía inútil. La niña apenas respondía con monosílabos para luego volver a meterse en su mundo particular.

Durante los recreos, las cosas no mejoraban mucho. Todos los días se ponía en una esquina del patio y no hablaba con nadie. Siempre llevaba una libretita rosa donde anotaba cosas. La verdad es que a mí empezaba a darme pena y me intrigaba, así que decidí que esto tenía que terminar. Hoy averiguaría qué le pasaba y justo cuando iba a decírselo a Clara esta reaccionó

-Es un poco rara esta niña ¿no te parece?

-Vaya que casualidad, ni que me leyeses el pensamiento -respondí sorprendida.

-¿Ah si? ¿No me digas que pensabas lo mismo? -me preguntó.

-Bueno, algo parecido. Creo que deberíamos hacernos sus amigas, pero no sé creo que algo le pasa -le dije.

-A lo mejor es que es muy tímida y le cuesta relacionarse. Pero tienes razón, hablemos con ella y a ver qué nos cuenta -dijo Clara.

Así fue como nos acercamos a ella y comenzamos saludándola. Al principio se quedo un poco sorprendida, pero nosotras seguimos hablándole como si nada. Nos presentamos otra vez, le contamos que éramos buenas amigas y que nos gustaría que ella también se uniese a nosotras. Hasta Clara, que no era muy partidaria de quedar con nadie que no fuese yo, la invitó a ir con nosotras al parque a patinar.

Aunque le costó un poco abrirse a nosotras, la verdad es que cuando lo hizo descubrimos que era una niña encantadora. Durante toda la semana pasada fuimos juntas al colegio, jugábamos en los recreos y lo pasábamos muy bien. Pero había algo que a mí seguía preocupándome, parecía como si ocultase algo, un secreto…no sé. El caso es que hoy decidí descubrirlo, ya que creo que tenemos la confianza suficiente para que pueda contarme lo que le pasa. Por eso cuando salimos al recreo, nos fuimos hacia una esquina y allí comencé mi interrogatorio

-Alicia quería preguntarte algo y me gustaría que me dijeses la verdad. Somos amigas y las amigas se ayudan, además puedes confiar en mí.

-Perdona María pero no te entiendo -contestó ella algo sorprendida.

-Sé que te pasa algo, te noto triste y me encantaría poder ayudarte, pero no puedo mientras no me lo cuentes -le dije.

-¡Vaya! No sabía que se me notaba tanto. Pero tienes razón, lo cierto es que tengo problemas en casa…mis padres se están separando -habló con voz triste.

-Lo siento Alicia, eso si que no me lo esperaba. Puedes contar conmigo y con Clara también para lo que necesites -concluí apenada.

Entonces nos contó que sus padres llevaban un año separados y que ella vivía con su madre. Durante este tiempo intentó llevarlo lo mejor posible, aunque era duro aceptar que no volverían a estar juntos. Pero las cosas empeoraron hace unos meses porque su madre no quiere que su padre la visite. No deja de hablarle mal de él y pone trabas cada vez que su papá va a buscarla. Ella lo pasa fatal porque adora a su padre y no entiende porque su mamá hace algo tan terrible.

-Pero eso es horrible, yo me muero si dejo de ver a mi papá. No puedo comprender porque tu mamá hace eso -le expliqué.

-Yo tampoco lo entiendo, pero a mi me hace daño y aunque intenté explicárselo, ella no me escucha.

Durante un rato nos quedamos calladas sin saber muy bien qué decir. Intenté imaginarme cómo sería mi vida sin mi papá, y solo de pensarlo, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Tenía que hacer algo, no podía mirar para otro lado, eso no iba conmigo. Así que cuando salimos de clase, bajamos juntas hacia el patio donde nos esperaban nuestros padres. También estaba la madre de Alicia, y nada más verla, me dirigí hacia ella sin pensar muy bien lo que estaba haciendo.

-¿Eres la mamá de Alicia verdad? -le pregunté.

-Sí, yo soy -me contestó.

-Encantada de conocerla, yo soy María y su hija y yo vamos juntas en la misma clase -le conté.

-Ah, muy bien. Pues un placer conocerte, me alegro de que Alicia vaya haciendo amigas -respondió con una sonrisa.

-Parece usted muy simpática, no entiendo como siendo así puede hacerle esto a su hija -le dije de pronto.

-¿Perdona? No te entiendo -señaló sorprendida.

Entonces le expliqué lo injusto que me parecía que privase a Alicia de la compañía de su padre. No sé qué razones tan terribles podría tener para hacer eso.  Ella los necesita a los dos. Bastante difícil era aceptar que sus padres ya no se querían, para encima tener que perder a uno de ellos. Le pregunté cómo se sentiría ella si le prohibiesen ver a su hija. También le dije que estaba mal lo que hacia y eso no era de buenas personas.

Durante un rato se quedó mirándome como si no pudiese creer lo que escuchaba. Agarró a Alicia de la mano y se fue sin decir palabra. Mientras mi papá que había sido testigo de todo lo que dije, se acercó y me dio un abrazo. No sé si habrá servido de algo, pero al menos creo que alguien tenía que decírselo.


martes, 25 de septiembre de 2012

En el colegio creamos un banco de libros

A pesar de que las vacaciones me encantan, ya tenía ganas de que empezase el colegio. Sobre todo para volver a encontrarme con Clara, mi mejor amiga, ya que en todo el verano apenas nos habíamos visto.

Así que ayer regresamos a la rutina de madrugar y tener que volver a estudiar. Mi papá me acompañó en este primer día y nada más llegar, me encontré con Clara. Al vernos corrimos para abrazarnos entre grititos de alegría. Rápidamente comenzamos a contarnos todo lo que habíamos hecho durante aquellos dos meses. Le expliqué con todo detalle mis vacaciones en la granja de los abuelos y lo bien que me lo había pasado con mi amiga Andrea, la niña que conocí en el pueblo. Ella también disfrutó mucho, ya que su tía la llevó a la playa y lo pasaron genial.

Después de ponernos al día, subimos a nuestra clase para reunirnos con el resto de compañeros. Una vez nos saludamos todos, fuimos poco a poco ocupando nuestros pupitres. La verdad es que estas primeras semanas de colegio son las mejores, ya que no hay deberes y las pasamos haciendo jornadas de convivencia para conocernos un poco más. Aunque  pocas cosas han cambiado con respecto al año pasado, la señorita Paula sigue siendo nuestra profesora y tan solo tenemos cuatro compañeros nuevos, tres niñas  y un niño. Este último se incorporará a nuestra clase la semana próxima. Al oír eso, todas comenzamos a cuchichear pregúntanos cómo sería el nuevo chico. Era una sensación extraña porque antes esas cosas no nos importaban y ahora nos ponemos tontas, ¿será que nos hacemos mayores?

-Bueno chicos atenderme un momentito que voy a explicaros algo -habló de pronto la profesora sacándome así de mis pensamientos-. Este año el colegio ha decidido crear un banco de libros.

-¿Un banco de libros?, ¿y eso qué es? -preguntamos sorprendidos.

Durante un rato, comencé a imaginar cómo la gente podría sentarse en un banco de libros. Recordé que en los parques y en las calles que conozco los bancos son de madera o de metal, pero nunca de libros. Luego creí que se referiría a los bancos donde se guarda el dinero, y en este caso, se guardarían libros. Pero no tenía lógica, porque para eso ya están las bibliotecas. Que lío me monté y por más vueltas que le dí no lo comprendí, menos mal que la señorita Paula terminó por explicárnoslo.

-Cada familia aportará los libros que tenga en casa de cursos pasados. Los juntaremos todos en la biblioteca y los repartiremos entre los alumnos. De esta forma el gasto que supone comprar los libros para vuestros padres será mínimo, ya que solo compraremos los que nos falten.

-Entonces ¿tenemos que traer los libros del año pasado? -preguntó Clara.

-Eso es, durante esta semana quiero que todos traigáis los libros de texto que tengáis en casa. Hasta que no los tengamos no comenzaremos a estudiar en serio -respondió la maestra.

-¡Qué bien! Pues tardaremos en traerlos así nos pasaremos el curso jugando y sin deberes -dijo uno de los niños muy contento, provocando así, las risas de los demás.

-Ya sé que no os apetece mucho trabajar después de las vacaciones, pero cuanto más tardemos en empezar, más tendremos que estudiar luego ¿lo habéis entendido? -nos preguntó nuestra profesora.

-Sí señorita -contestamos todos a la vez.

Cuando llegué a casa, les expliqué a mis padres lo que nos contó la señorita Paula. A ellos les pareció una magnifica idea y alabaron el buen hacer del colegio. Papá dijo que esa era la forma de avanzar, aprovechando los libros de texto y no comprarlos sin necesidad. Cosas así eran las que se necesitaban para salir de la crisis que tanto asfixiaba a muchas familias. Además era absurdo que cada año se comprasen libros nuevos, ¡como si cambiasen tanto las cosas! Siguió razonando que el contenido de muchas asignaturas era siempre el mismo y las variantes que había eran mínimas. Al final, si se pedían libros nuevos, no era por el bien de los niños, sino porque se beneficiaban las editoriales y algunos colegios.

Me di cuenta en ese momento que él tenía razón. Tanto hablar en las noticias de que había que apretarse el cinturón y que debíamos ahorrar para terminar con la malvada Señora Crisis, pero luego al empezar el curso escolar, muchas familias tenían que gastarse un dinero que no tenían en  comprar libros nuevos. No tiene sentido, por eso lo que va a hacer mi colegio deberían hacerlo todos, porque así no solo ayudamos a los padres sino que también reciclamos libros de texto viejos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Mi verano con Andrea y el fin de las vacaciones

Que penita me da que ya se estén acabando las vacaciones. En poco más de una semana empezará de nuevo el colegio y todo volverá a ser lo mismo. ¡Con lo bien que estaba en la granja de mis abuelos! Después de haber pasado todo el mes de agosto con ellos, hoy regresé a casa. Nada más llegar, mamá y papá me recibieron con besos, abrazos y montones de achuchones, y aunque yo también me alegré de verles, creo que exageraron un poquito ¡Ni que me hubiese ido a la China!

Tan solo llevo un día en casa y ya echo de menos el pueblo. Allí la vida es infinitamente mejor que en la ciudad. Todo es paz y tranquilidad. Además me dejaron hacer un montón de cosas. Podía salir a la calle sin miedo al tráfico…básicamente porque no hay. Cualquier hora es buena para ir a jugar y no tenía que acostarme temprano. También me divertí con los animales de la granja: las ovejas, las vacas, los cerdos y las gallinas. Todas las mañanas ayudaba al abuelo a cuidarlos y ellos me lo agradecían en sus diferentes idiomas. Aunque lo mejor de todo, fueron las tardes en la piscina del pueblo. Mi abuela me llevaba casi todos los días para que pudiese darme un chapuzón, y poder así, hacer amistad con los otros niños. Fue allí donde conocí a Andrea.

Ella era una niña un poco diferente a los demás. Casi siempre estaba metida en líos y por eso terminaba castigada y sola. Nadie quería jugar con ella y apenas tenía amigos. Solo se acercaban para provocarla y que hiciese las trastadas que los demás no se atrevían a hacer. Por supuesto Andrea lo hacía y acababa cargando con las culpas de todo, por lo que su fama de traste crecía cada día más.

Todo el mundo la criticaba a ella y también a sus padres, a los que culpaban del comportamiento de la niña. A mí, en cambio, me parecía muy graciosa y creo que la gente exageraba mucho. Así que decidí hacerme su amiga, pero de las de verdad. No haría como los demás que solo la utilizaban para burlarse de ella.

Poco a poco fui descubriendo que Andrea era una niña encantadora, muy cariñosa y que lo único que quería era jugar y divertirse. También supe que padecía una especie de enfermedad que se llamaba hiperactividad. Su mamá me explicó que esto la hacía actuar sin pensar en las consecuencias. Además tenía dificultad para aprender las cosas debido a que le costaba concentrarse y prestar atención.

-¡Oh que pena! Ahora lo entiendo todo -le dije.

-No debes sentir pena María, es una niña como las demás que solo necesita cariño y compresión. Pero la gente prefiere criticarla a comprenderla -me explicó su mamá.

-Pues yo le daré todo eso y me gustaría mucho que la dejases venir a dormir a mi casa, ¿me das permiso, por favor? -le pregunté.

-Siii mami, déjame ir con María, anda porfis -habló Andrea toda emocionada.

-Vale, vale, está bien. Pero primero deberías preguntarle a tu abuela nena, ya que no me gustaría molestarla -contestó su mamá.

-No te preocupes, estoy segura de que ella aceptará encantada -respondí con una sonrisa.

-De acuerdo, entonces puedes ir Andrea, pero recuerda portarte bien -concluyó su madre.

Aquella fue la primera noche que pasamos juntas y recuerdo que fue estupenda. Ayudamos a mi abuela con la cena y al terminar recogimos todo. Andrea tanto quería hacer, que cogió los platos alocadamente y con tanta prisa terminó rompiendo uno. La pobre se quedó muy triste y no paraba de pedir perdón. Pensaba que ya no íbamos a quererla por eso. Pero en ese momento la abracé fuerte y le dije que no importaba nada, tan solo era un plato y nada más. Desde aquel día, ella y yo fuimos inseparables.

Pasamos el resto del mes juntas y nos hicimos muy buenas amigas. Lo pasamos genial: nos bañamos en la piscina, hicimos un pequeño picnic con su madre, montamos en bicicleta y también ayudamos al abuelo a recoger la fruta madura de la granja. Mientras Andrea y yo estuvimos juntas, ninguno de los niños del pueblo quiso jugar con nosotras. Incluso le llegaron a decir a mi abuela que cómo me dejaba andar con ella, que era una mala influencia para mí. Pero ella les contestó que vergüenza debería darles, y que lo que tenían que hacer, es enseñar a sus hijos educación y no a despreciar a los demás por ser diferentes.

Aunque me sentí muy orgullosa de la respuesta de mi abuela, no pude evitar sentir mucha pena, al comprobar como la gente  rechazaba a Andrea sin conocerla. Ni siquiera le daban la oportunidad de demostrar lo maravillosa que era. Pero bueno, ellos se lo perdían, para mí era mi amiga y punto. Así que cuando tuve que regresar a la ciudad nos despedimos entre lágrimas y prometimos escribirnos. Sin duda ha sido un buen verano y ya tengo ganas de que llegue algún fin de semana largo, para volver al pueblo y jugar con ella.