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martes, 13 de marzo de 2012

Estoy indignada, las leyes son injustas con papá

Sé que algo pasa, lo noto en el ambiente. Sobre todo porque papá y mamá casi siempre están hablando en voz baja y cuando yo aparezco, automáticamente cambian de tema o dejan de hablar. Vamos que no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que algo raro sucede. Además a papá se le nota mucho que está preocupado por algo. No tiene apetito y está como ausente, pero aunque he intentado preguntarle, él siempre dice que no es nada y que de lo único que debo estar pendiente es de estudiar.

Así que he decidido hacer averiguaciones por mi cuenta. He interrogado a mi hermano Pedro, pero yo creo que él no se entera de nada. Ni siquiera se había dado cuenta de que nuestros padres tenían algún tipo de problema ¡Adolescentes! Solo se preocupa por sus cosas ¡Como si fueran tan importantes! Se pasa el día escuchando música o jugando a la Play Station y lo que le pase a los demás le da igual. Solo espero que cuando yo sea mayor no me convierta en una especie de bicho raro como él.

Ya que todas mis pesquisas resultaban infructuosas, decidí contarle mis dudas a Clara. Para eso están las mejores amigas, digo yo. Pero, ella tampoco me aclaró nada, me escuchó atentamente e intentó tranquilizarme quitándole importancia al asunto. Así que estoy como al principio, aunque reconozco que ella me ayudó mucho y se portó como la amiga que yo esperaba.

Pero esta mañana, por fin se desveló el misterio y de la forma más insospechada. Papá vino a recogerme al mediodía al colegio y cuando estábamos a punto de salir nos encontramos con un amigo suyo. La conversación que mantuvieron fue reveladora y comencé a comprender muchas cosas. Aunque al principio no entendía nada y me llevé un susto morrocotudo al oírles.

-Hombre ¿Qué tal? ¿Cuánto tiempo sin verte? -dijo el amigo de papá.

-Muy bien ¿Y tú qué te cuentas? -preguntó él.

-No mucho, trabajando como siempre. Por cierto ya me enteré de lo tuyo y bien que lo siento. Pero no te preocupes que tú eres un gran trabajador y seguro que pronto encontrarás algo -indicó su amigo.

-Gracias por los ánimos pero ahora lo que más me preocupa es defender mis derechos contra la empresa y que me paguen lo que me deben -contestó papá.

-¿Los habrás denunciado? -interrogó.

-Por supuesto, ahora estamos con el juicio y ya tenemos sentencia favorable. Pero ellos ni quieren pagar, ni hacer frente a sus responsabilidades -habló papá.

-¿Denunciado? ¿Juicio? ¿Qué pasa papá? ¿Tienes problemas con la justicia? -pregunté muy nerviosa.

-No cariño, tranquila. Ya te lo explicaré en casa -me contestó-. Bueno me alegro de haberte visto, ya hablaremos en otro momento con más tranquilidad -señaló papá despidiéndose de su amigo y dándole la mano.

Aunque no tenía muy claro lo que pasaba, decidí callarme durante el camino a casa. Cuando llegamos entré en la cocina y le pedí que por favor me explicara lo que estaba pasando. Necesitaba saberlo, yo también soy parte de esta familia y si había problemas yo quiero conocerlos.

Entonces papá me explicó que cuando le despidieron de su empresa no le pagaron el dinero que le correspondía y se había visto obligado a denunciarlos. Se había celebrado el juicio y había ganado.  Pero a pesar de eso la empresa seguía sin pagarle, lo que ocasionaba serios problemas en la economía familiar. Por eso algunas veces les había costado llegar a final de mes y habían tenido problemas para hacer frente a las facturas que debían pagar, como la hipoteca, el recibo de la luz, la comunidad, etc.

-No lo entiendo. Si has ganado el juicio ¿Por qué la empresa no te paga? -pregunté intrigada.

-Porque no tienen dinero y se amparan en la crisis para no hacerlo -contestó papá.

-Bueno, pues entonces tú tampoco pagues las facturas, ni la hipoteca. Hablas con el señor del banco y le dices que la crisis te impide pagar y ya está. No sé cual es el problema -repliqué toda llena de razón.

-Eso no puede ser María, si yo no pago nos quitan la casa y nos dejan en la calle -concluyó él resignado.

Me quedé atónita. Así que la empresa donde trabajó papá podía hacer lo que quisiera y no pasaba nada. Pero si lo hacía él nos quedábamos en la calle ¡Qué injusticia más grande!

La Señora Crisis, además de dejarle sin trabajo, le obligaba encima a tener que pagar las facturas aunque no pudiese. No entiendo dónde está la justicia ¿De qué sirve que haya ganado el juicio? Creo firmemente que el mundo de los mayores está mal construido y cada vez me gusta menos. Casi prefiero ser pequeña y no enfrentarme a cosas tan ilógicas y absurdas. Pero ahora entiendo la preocupación de mis padres y pienso apoyarles en todo lo que necesiten. En este momento odio a la Señora Crisis más que nunca y es que si la pillo, de lo furiosa que estoy, no sé qué le haría.

jueves, 8 de marzo de 2012

Mi primera visita al hospital

Tener a mis padres todo el día en casa me resultaba un poco raro. Aunque al principio me hizo ilusión poder disfrutar más tiempo con ellos, reconozco que la situación era extraña. Mi papá hacía unos meses que se había quedado sin su trabajo por culpa de la crisis, y ahora mamá, parecía a punto de perder el suyo debido a que la Señora Lola, la dueña de la peluquería donde ella trabajaba, estaba ingresada en el hospital. Le había dado un infarto y por eso el negocio estaba cerrado hasta que ella se recuperase.

Mamá iba a visitarla todos los días. Llevaba casi una semana en el hospital y estaba mucho mejor. Los médicos estaban sorprendidos con su rápida recuperación y decían que probablemente en unos días le darían el alta. Eso era algo que alegraba mucho a mi mamá. Por eso decidió que esta tarde, podía acompañarla en su visita diaria.

-Sí iré contigo encantada ¿Podemos llevarle unas flores? O mejor unos bombones ¿Qué te parece mamá? -pregunté toda contenta.

-Me parece una idea estupenda, le llevaremos las dos cosas -concluyó con una sonrisa.

Cuando llegué del colegio nos fuimos a comprar las cosas que le llevaríamos. A continuación nos dirigimos al hospital y subimos a la quinta planta donde estaba cardiología. Se llamaba así porque era allí donde estaban los enfermos del corazón. La habitación en la que se encontraba no me gustó nada. Era de color blanco y las camas no parecían muy cómodas, tenían ruedas y eran metálicas.

-¡Hola Señora Lola! ¿Cómo se encuentra? -saludé al entrar.

-¡Hola María! Como me alegro de verte ¡Qué guapa estás y qué mayor! -respondió ella con una sonrisa.

-Le hemos traído flores y bombones -le dije.

-Gracias tesoro, que amable eres. Pero no tenías que comprarme nada, con tu visita es más que suficiente -concluyó.

La verdad es que en ese instante me alegré mucho al verla tan recuperada. Era una persona que me caía muy bien porque era muy amable y cariñosa conmigo. Cuando iba a su peluquería siempre tenía alguna chuchería para mí. Ella y su marido no tenían hijos y solían decir que yo era como la nieta que siempre desearon.

-¿Ya le arreglaron el corazón? -le pregunté.

-¡María! ¿Qué clase de pregunta es esa? -regañó mamá.

-No sé, solo quiero saber si ya lo tiene bien. No vaya a ser que se le vuelva a parar y tengamos otro disgusto -razoné yo.

Al escucharme, tanto su marido como ella comenzaron a carcajearse sin parar, consiguiendo contagiar a mi madre que dejó de fruncir el ceño para unirse a ellos. Seguramente habré dicho algo gracioso, yo no sé muy bien el qué, pero me alegro de hacerlos reír después de unos días tan tristes.

-Eres un encanto María, tenías que haber venido antes a visitarme. Contigo me pongo buena enseguida -dijo la Señora Lola entre risas.

-No hay problema, si mamá me deja vendré más veces -le respondí.

-Tienes un sol de niña, se parece a ti -comentó la Señora Lola-. Cambiando de tema, quiero aprovechar este momento para proponerte algo.

Entonces le pidió que se sentase al lado de su cama que ella y su marido querían explicarle algo muy importante. Habían estado pensando mucho qué iban a hacer con la peluquería ya que los médicos le habían desaconsejado volver a trabajar. Además le faltaba poco para jubilarse y ya no se sentía con fuerzas para llevar el negocio. A pesar de eso, les daba mucha pena la idea de tener que cerrarlo.

-Queremos que te lo quedes tú -sentenció al fin.

-¿Cómo que me lo quede yo? Yo no podría llevarlo sin usted. No sabría cómo -contestó mamá sorprendida y ligeramente nerviosa.

-Escucha cielo, tú estás muy capacitada para hacerte cargo de la peluquería. Conoces a los clientes y sabes muy bien cómo funciona todo. Nosotros solo te cobraremos un pequeño alquiler y pensamos hacer testamento en tu favor. Así cuando ya no estemos el negocio será tuyo -le explicó.

-¿Pero usted está segura de lo que me está diciendo? -preguntó mamá incrédula.

-Completamente, no te preocupes por nada. Si quieres te lo piensas, pero me harías muy feliz. Me quedaría muy tranquila sabiendo que tú te quedas con el negocio por el que tanto he luchado -concluyó la Señora Lola.

-Está bien, me lo pensaré. De todas formas quiero agradecerle su confianza y no sé que más decir, me faltan las palabras -habló mamá con la voz entrecortada.

Todos estaban emocionados, hasta yo. Me alegraba tanto por ella, sin duda se lo merecía. Estaba segura que a pesar de lo feliz y nerviosa que se sentía, a ella también le gustaba la idea. En ese momento me dí cuenta de que si aceptaba sería una de esas mujeres emprendedoras que luchan cada día por salir adelante. Que trabajan incansablemente compaginando su vida laboral y su vida familiar. ¡Qué orgullosa me sentía de mi mamá!

lunes, 5 de marzo de 2012

A la Señora Lola le dio un ataque al corazón

Hoy al mediodía, cuando mamá llegó para comer, estaba muy nerviosa y preocupada. El motivo fue que la Señora Lola, la dueña de la peluquería en la que trabajaba, se había encontrado mal. No sabía muy bien que le había pasado. Al parecer se desmayó cuando estaba peinando a una de sus clientas y todas se asustaron mucho. Tuvieron que llamar a una ambulancia que decidió trasladarla al hospital, para poder examinarla mejor.

A pesar de que mamá no podía hacer nada, ella se sentía fatal. Apreciaba mucho a la Señora Lola porque llevaba muchos años trabajando con ella y siempre la había tratado muy bien, casi como de la familia. Papá intentó animarla diciéndole que seguramente no sería nada. También le dijo que debía comer algo y después irían a verla para saber cómo estaba. Aunque ella agradeció mucho su apoyo, no fue capaz de tragar bocado.

Decidieron esperar a que yo volviese del colegio para ir a visitarla. Cuando llegamos, papá preguntó en recepción por ella y le dijeron que estaba en una sala esperando por el resultado de unas pruebas.

-¿Podemos verla? -preguntó mamá.

-Esperen ahí en la salita que ahora les aviso -contestó la recepcionista.

Nos dirigimos hacia la sala de espera y allí nos encontramos con el marido de la Señora Lola, que estaba sentado con cara de preocupación. Al verlo, mamá se dirigió hacia él para darle todo su apoyo y preguntarle si sabía algo. Él agradeció mucho que estuviésemos allí en aquellos momentos, pero los médicos le habían dicho que era un infarto y que su situación era delicada. Al escucharlo, mamá se puso a llorar y yo me quedé sorprendida porque no comprendía nada.

-¿Se va a morir la Señora Lola? -pregunté a papá en voz baja.

-No cariño, tenemos que ser positivos y pensar que se va a recuperar -me contestó.

-¿Qué es un infarto? -volví a preguntar.

-Es un fallo en el corazón, significa que durante un rato deja de latir -me explicó.

Era la primera vez que escuchaba algo así, no sabía que el corazón podía pararse y arrancar de nuevo como si fuese el motor de un coche. Siempre pensé que si este dejaba de funcionar te morías, pero parece que no. Entonces,  mientras yo seguía absorta en mis cavilaciones, llegó el médico que la atendía.

-En este momento ha pasado el peligro. Se encuentra estable, dentro de la gravedad -dijo el doctor.

-¿Puede recibir visitas? -preguntó mamá.

-Sí, pero solo dos personas que no conviene excitarla -respondió.

Entonces entraron su marido y mi mamá, mientras papá y yo salimos afuera para esperarles. La visita tan solo duró diez minutos y cuando mamá salió estaba con los ojos llorosos. No me gustaba nada verla así y no sabía muy bien qué hacer para que se sintiese mejor, así que decidí abrazarla sin más. Yo pensé que con eso conseguiría que estuviese bien, pero para mi asombro lo único que conseguí es que rompiese a llorar. A veces es difícil saber cómo actuar con los mayores.

Pasados unos minutos, mamá se recompuso. Se dirigió hacía el marido de la Señora Lola para pedirle que la tuviese al corriente de su evolución y que mañana volvería a visitarla. También le dijo que cualquier cosa que necesitase no dudase en pedírsela. El pobre hombre se emocionó al escuchar sus palabras y les agradeció a mis padres lo amables y cariñosos que estaban siendo con él en aquellos momentos.

De regreso a casa mamá le contó a papá que no había visto muy bien a la Señora Lola. Estaba con respiración artificial y sedada para que no sufriese. De todas formas los médicos parecían optimistas y creían que se recuperaría aunque su vida tendría que ser diferente. Probablemente tendría que dejar de trabajar y tomarse las cosas con tranquilidad.

-¿Vas a perder tu trabajo mamá? -pregunte de pronto, interrumpiéndoles su conversación.

-Lo importante ahora es que ella se ponga bien, lo del trabajo ya veremos qué ocurre -me contestó.

No quise preguntar nada más, pero me quedé muy preocupada. Primero papá había perdido su trabajo por culpa de la malvada Señora Crisis y ahora mamá veía peligrar el suyo. ¿Cómo íbamos a vivir entonces? ¿Por qué parecía no preocuparle? Yo que pensaba que lo peor era lo de papá y ahora me daba cuenta de que las cosas podían ponerse aún más difíciles.

jueves, 1 de marzo de 2012

Hoy protestamos por los recortes en educación

Llevamos toda la semana muriéndonos de frío en el colegio. El motivo no es que hayan bajado mucho más las temperaturas sino que la verdadera razón es que nos han cortado la calefacción. Por eso ahora en vez de decir “vamos a clases” decimos “vamos a la nevera” que viene a ser lo mismo. Hartos de esta situación, esta mañana nuestros padres decidieron reunirse con la dirección del colegio para protestar. Pero tanto el director como los profesores les explicaron que no era culpa suya.

¿Adivináis quién es la culpable? Pues nada más y nada menos que mí “querida amiga” la malvada Señora Crisis. Empiezo a estar harta de ella, siempre está metida por medio de todos mis problemas. Estoy segura que el día menos pensado volveré a estar enferma y cuando vaya al médico en vez de un virus tendré una bacteria llamada Señora Crisis.

En la reunión, el director les explicó que la falta de calefacción en las clases era debido a que el gobierno había hecho recortes en educación. Esto significa que les han quitado parte del dinero destinado para nuestro colegio y por eso no pueden hacer frente a este gasto. Y yo que pensaba que cuando decían la palabra recortes se referían a los recortables de papel que hacíamos en clase de plástica ¡Qué ingenua soy!

-¿A dónde vamos a llegar? -dijo papá indignado.

-En estas condiciones los niños no pueden estar, acabarán por ponerse enfermos -comentaba la tía de Clara.

-¿Y no podemos hacer nada? -preguntó mamá.

-En este momento no. Hemos enviado una carta al ministerio explicándoles la situación, pero aún no tenemos respuesta. Lo único que puedo recomendarles es que abriguen bien a sus hijos. Además algunos profesores han traído mantas de sus casas para los niños más pequeños. También intentaré comprar algunas estufas pero necesito la colaboración de todos -respondió el director.

-Esto es el colmo, encima tendremos que cargar nosotros con el gasto de calentar a nuestros hijos -gritaba papá cada vez más enfadado.

-Siento no poder dar otra solución, pero a nosotros también nos afecta y nos duele no poder ofrecer a los niños las mejores condiciones en su educación -explicó el director apenado.

Mientras esto sucedía en la sala de reuniones, los alumnos de secundaria decidieron que todos debíamos protestar y reclamar nuestros derechos. Comenzaron a recorrer las clases, una a una, explicándonos que haríamos una sentada en el patio del colegio y no volveríamos a nuestras aulas hasta que la situación se arreglase.

-¿Qué es una sentada? -me preguntó Clara al escucharlos.

-No sé, supongo que será que ponemos a una niña sentada en el patio, digo yo.

Pero al final no era eso. Al parecer consistía en que todos lo alumnos nos sentaríamos en el patio en señal de protesta. Debo decir que casi prefería que fuese lo que yo pensaba, así no tendría que sentarme en el pavimento congelado. En fin, todo sea por la causa.

Sin perder más tiempo todos nos dirigimos hacía el patio y nos sentamos. Pero éramos tantos que no cabíamos, así que abrimos las puertas y nos fuimos sentando en las aceras y parte de la calle. Los mayores habían echo pancartas que decían:

“NO A LOS RECORTES EN EDUCACIÓN”

“LOS NIÑOS NO TENEMOS CULPA DE LA CRISIS

“POR UNA EDUCACIÓN DIGNA”

Cuando nuestros padres terminaron la reunión y nos vieron allí, decidieron apoyarnos y colocarse a nuestro lado. A ellos se unieron los profesores y algunas personas que pasaban por la calle. Tan solo llevábamos una hora con la protesta, cuando apareció la policía diciéndonos que no podíamos estar allí y que debíamos abandonar la sentada.

-De aquí no nos movemos hasta que nos den soluciones -dijo papá muy serio.

-Pues si no lo hacen les obligaremos por la fuerza -contestó uno de los policías.

-¿Nos van a detener papá? -interrogué muy nerviosa.

-Tranquila cariño que no nos va a pasar nada -respondió él.

Pero yo no estaba tan segura y la verdad es que me sentía un poco asustada. Siempre pensé que el trabajo de la policía era proteger a la gente y no entendía porqué actuaban así. ¿Acaso ellos no eran padres también? ¿Es qué a ellos la crisis no les afectaba? ¿Cómo podían amenazar a unos niños? Nosotros no queríamos problemas, solo deseábamos poder estudiar con normalidad ¿Qué había de malo en eso?

Ante la agresividad que comenzaron a demostrar los policías, acabamos despejando la calle, sobre todo porque nuestros padres no querían que nos hicieran daño. Pero esto no termina aquí, seguiremos protestando hasta que alguien nos escuche. La malvada Señora Crisis no podrá con nosotros, no la dejaremos. Va lista si piensa que nos vamos a callar.

lunes, 6 de febrero de 2012

El árbitro fue el mejor en el partido de fútbol

El fútbol siempre me había parecido un deporte muy aburrido. No comprendía toda la expectación que se creaba alrededor de un partido y como la gente se volvía loca cuando su equipo marcaba un gol. A mi papá le encantaba y era capaz de pasarse los fines de semana viendo todo lo que daban en televisión sobre fútbol. No solo miraba los partidos de su equipo favorito, sino que además veía todos los reportajes que hacían sobre los demás.

Esta afición de papá era algo que a mamá no le hacía ni pizca de gracia. Sobre todo cuando llegaba el domingo y ella se empeñaba en que saliésemos todos juntos a dar una vuelta por la ciudad. En ese momento se montaban unos auténticos dramas, porque a papá no había forma humanamente posible de moverlo de su sofá. Eso provocaba enfados entre ellos y que muchas veces acabásemos saliendo nosotras solas a pasear.

Pero este mediodía cuando papá llegó a casa anunciando que tenía una sorpresa para esta tarde, mamá se puso muy contenta pensando que por fin sería un domingo normal y sin fútbol. ¡Pobre mamá que equivocada estaba!

-Mirad lo que me acaban de regalar -dijo papá entusiasmado-. Son cuatro entradas para el partido de hoy por la tarde.

-¿Entradas de qué? -preguntó mamá ligeramente mosqueada.

-De que van a ser mujer, de fútbol. Me las ha regalado el de la cafetería y como siempre te estás quejando de que no hacemos nada los domingos, pues he pensado que sería una forma divertida de salir y pasar un buen rato -explicó papá muy convencido.

-Bueno lo que me faltaba por oír, encima voy a tener que agradecerte el detalle -dijo mamá en tono irónico.

-Venga mamá, no te pongas así. Seguro que papá lo ha hecho con buena intención -indiqué intentando poner un poco de paz.

-Sí, sí, estoy segura de ello. Pero está bien, iremos. Por lo menos saldremos a que nos dé el aire -concluyó mamá con una leve sonrisa.

Papá se puso tan contento que comenzó a abrazarla y besarla, mientras ella hacía como si se resistiese. Me gustaba mucho ver a mis padres así y aunque no me apetecía pasar la tarde viendo fútbol, decidí en aquella ocasión apoyar a papá ya que él también hacía muchas cosas por mí.

Cuando parecía que todo estaba decidido, surgió un pequeño inconveniente. Mi hermano nos dijo que él no podría ir ya que había quedado con un compañero para terminar un trabajo de ciencias. Fue en ese momento cuando a mamá se le ocurrió una fantástica idea. Decidió llamar a los padres de Clara para que la dejasen venir con nosotros y así podríamos pasar la tarde juntas.

Una hora antes de que empezase el partido fuimos a recogerla y, a continuación, nos dirigimos hacia el estadio. Durante el camino no parábamos de hablar de lo contentas que estábamos por este día inesperado, pero mamá nos hizo callar para recordarnos las normas y reglas que teníamos que seguir: “siempre juntas”, “no os separéis”, “poneos donde pueda veros” ¡Qué pesada era! Aunque entendimos perfectamente su preocupación, ya que nada más llegar nos dimos cuenta de que aquello estaba abarrotado de gente y era bastante fácil perderse entre la multitud.

En los alrededores del estadio había puestos de ropa: camisetas, bufandas y gorros con las insignias de los equipos de fútbol. Pero a Clara y a mí, lo que más nos llamó la atención fue el puesto de perritos calientes y como auténticas flechas nos dirigimos hacia él. Entonces papá, al ver que se nos caía la baba mirándolos, nos compró uno para cada una y de postre un par de bolsas de pipas. ¡Aquello sí que era una merienda guay!

Después de guardar nuestra comida en una bolsa, papá comenzó a meternos prisa ya que faltaba poco para que se iniciara el partido. Una vez dentro, ocupamos nuestros asientos, mientras los jugadores comenzaban a calentar. Aunque no sé muy bien lo que calentaban, ni con qué lo hacían, porque allí no se veía ningún fuego.

En las gradas la gente cantaba y coreaba el nombre de sus equipos. Todos parecían muy contentos. Entonces salió un señor vestido de negro que según papá era el árbitro, y unos minutos después, éste hizo sonar su silbato y se inició el partido. Como Clara y yo no nos enterábamos de mucho, comenzamos a saborear nuestra merienda especial y justo cuando estábamos terminando, nuestro equipo marcó el primer gol. Además de quedarnos sordas, yo me atraganté con el tremendo susto que llevé al escuchar el descomunal griterío que se formó. Aunque la alegría les duró poco, ya que el otro equipo empató rápidamente. De nuevo la gente gritó, pero esta vez unas cosas muy raras:

-¡Árbitro! ¡Eso es fuera de juego!

-¿Fuera de juego? Pues yo no he visto que saliese del campo ¿Tú has visto algo? -pregunté a Clara.

-No sé, la verdad es que yo tampoco lo vi salir -contestó ella tan desconcertada como yo.

-No niñas, no significa que salga del campo. Solo es una regla de fútbol que ocurre cuando en el momento del pase, entre el delantero y el portero contrario no hay ningún defensa -explicó papá.

Aunque agradecimos su explicación, la verdad es que nos quedamos igual, sin entender nada. Pero asentimos con la cabeza como si lo hubiésemos comprendido perfectamente. Por fin llegó el descanso, que aprovechamos para ir al baño y comprar unas botellas de agua ya que con tantas pipas estábamos muertas de sed.

En el segundo tiempo todo continuó igual, exceptuando que la gente seguía diciéndole cosas raras al pobrecito del árbitro. Le llamaban “cucaracha”, que supongo que sería por qué iba vestido de negro. También se escucharon otras cosas peores, que no pienso escribir. Incluso algunos le culpaban por el resultado del partido que terminó en empate. Pero a Clara y a mí no nos pareció justo cómo le trataron, así que decidimos aplaudirle y animarle porque para nosotras había sido el mejor de todos. No le pegó patadas a nadie, ni dio empujones a los jugadores, lo único que no me gustó es que cada vez que se enfadaba mostraba unas tarjetas de colores. Casi siempre eran amarillas, pero también enseñó una roja provocando las iras del público. Parecía más un semáforo que una persona. De todas formas había que comprenderle, al pobre no le dejaban tocar el balón. Lo único que podía hacer era pitar y enseñar tarjetas.

viernes, 27 de enero de 2012

Aprendiendo a patinar con Clara

A pesar de que estamos en invierno, esta tarde hizo un sol espléndido y casi no hacía frío. Por eso papá nos propuso, a Clara y a mí, ir a patinar al salir del colegio ¡Por fin estrenaría mis patines! Aunque me daba un poco de miedo sobre todo caerme y hacerme daño. Pero Clara me tranquilizó diciéndome que no había nada que temer y que ella me enseñaría.

Cuando terminaron las clases, papá nos estaba esperando en el patio con unos riquísimos bocadillos de jamón que mamá nos había preparado. Nos dio uno a cada una y nos explicó que primero iríamos a casa para hacer los deberes y después nos llevaría a patinar. Por el camino dimos buena cuenta de nuestra merienda y al llegar a casa nos pusimos rápidamente a hacer nuestras tareas. Nada más terminarlas recogimos los libros y salimos hacia el parque.

Una vez allí nos sentamos en uno de los bancos para colocarnos los patines. Papá me ayudó a atarme los cordones asegurándolos bien para que no se me soltasen. Mientras Clara, que ya se había puesto los suyos, salió a dar una vuelta para probarlos. Cuando regresó yo ya estaba preparada… pero incapaz de incorporarme… asustada.

-Vamos María no seas miedica, coge mi mano y levántate despacio -indicó Clara.

-¡No puedo! -exclamé nerviosa.

-Venga te cogeremos entre los dos, cada uno por un brazo y ya verás que no pasa nada -explicó papá.

Entonces ayudada por ellos me levanté temblorosa y tambaleándome de un lado a otro. Papá me agarró fuerte y Clara comenzó a darme instrucciones de cómo tenía que deslizarme. Debía mover primero el pie derecho y luego el izquierdo, hasta que poco a poco fuese cogiendo confianza para poder dar mis primeros pasos con los patines. Pero yo me sentía cada vez menos segura y tenía la impresión que de un momento a otro acabaría tirada por el suelo.

A pesar de mis miedos, intenté esforzarme por hacer todo lo que me decían. Muy despacio comencé a patinar… bueno, si a eso podíamos llamarle patinar. Entonces pude observar a otros niños que lo hacían con total naturalidad, como si fuese lo más fácil del mundo. Incluso algunos se atrevían con piruetas y competían a ver quien iba más rápido. Estaba segura de que yo jamás lograría hacerlo como ellos ¡Qué patosa me sentía!

De pronto, papá y Clara me soltaron y me dejaron sola ante el peligro. Instintivamente hice auténticos malabarismos para no caerme, moviendo mis brazos como si fuera a volar. Fui deslizándome lentamente, intentando acercarme a una de las fuentes del parque mientras gritaba histérica:

-¡Me voy a caer! Por favor cogerme otra vez.

-No te caes, tranquila, continúa que casi llegas -dijo papá intentando calmarme.

-¡Muy bien María! Lo estás haciendo de maravilla, venga no te detengas -me animaba Clara.

-Tenéis suerte de que no pueda correr, porque si os pillo ahora no se qué os hago -les dije a los dos intentando mantener el equilibrio.

Todavía no sé muy bien cómo lo hice, pero conseguí llegar a la fuente y una vez allí me aferré a ella con todas mis fuerzas. A pesar del miedo que sentía, tengo que reconocer que me gustaba la sensación de deslizarme. Así que volví a intentarlo y salí hacia donde estaba Clara. Cada vez me sentía más segura y poco a poco fui soltándome.

-¡Mira papá ya patino! -exclamé emocionada.

-No lo haces mal, pero tampoco es para tanto -dijo una voz detrás de mí.

Al darme la vuelta, un niño rubito que también llevaba patines me miraba sonriendo. Al verlo sentí algo raro, como si me diese vergüenza o algo así. En ese momento intenté dar un paso hacia él. Eso hizo que perdiese el equilibrio y justo cuando estaba a punto de caerme, él me sujetó evitando que terminase en el suelo.

-Gracias… por ayudarme -conseguí balbucear, al tiempo que un extraño calor se apoderaba de mi cara-. Me llamo María ¿Y tú? -pregunté finalmente.

-Yo soy Lucas y creo que tienes que practicar un poco más. Si quieres yo puedo enseñarte -indicó otra vez con aquella sonrisa que me hacia sentir tan rara.

-Eres muy amable pero ya la estoy enseñando yo -dijo Clara ligeramente molesta acercándose a nosotros

-Como quieras, os dejaré para que sigáis practicando. De todas formas yo vengo todos los días a patinar, por si quieres saberlo -dijo alejándose de nosotras.

Durante un rato me quedé embobada mirando como se marchaba. Nunca me había pasado nada parecido con un niño. Siempre los había visto como algo tontos y pesaditos. Pero aquél tenía algo distinto, o eso me pareció a mí. Hasta tenía ganas de regresar al parque para volver a verlo ¿Pero qué me esta pasando? ¿Por qué siento este cosquilleo en la tripa? ¿Será que me estoy poniendo enferma otra vez?

lunes, 23 de enero de 2012

De compras en el Centro Comercial

Los fines de semana por la tarde, acostumbramos a ir al centro comercial para hacer la compra. Mamá siempre insiste en que debemos acompañarla para que nos demos cuenta  lo que gastamos y así también aprendamos a ahorrar. A mi me gusta mucho ir al centro comercial, porque hay un montón de cosas y casi siempre me acaban comprando algo.

Éste sábado antes de salir, mamá revisó todo lo que nos hacía falta, y como siempre, nos dijo que no compraríamos nada que no estuviera en la lista de la compra. Pero eso suele ser una verdad a medias. Casi siempre acabamos adquiriendo alguna cosa que no necesitamos, aunque lo que yo no sabía, es que esta vez mamá lo decía muy en serio.

Una vez en el centro comercial, lo primero que hicimos fue entrar al supermercado donde están todas las cosas de comer. Es la parte que menos me gusta. A mi me da igual lo que compre de comida… siempre y cuando no sean lentejas, claro.

Mamá comenzó comparando precios y eligiendo las cosas más baratas, mientras me explicaba que esa era la forma de ahorrar. Yo la miraba extrañada. Hoy se fijó, más que nunca, en lo que costaban las cosas y no entendía muy bien, por qué de pronto le había dado por ahorrar tanto.

Al terminar de comprar todas las cosas que había apuntado en la lista, nos dirigimos a la caja, que es donde se paga. Una vez allí descubrí algo fantástico. En un lateral de la caja había unos bolígrafos de Barbie preciosos. Eran de color rosa, con la Barbie bailarina dibujada y con un cordón para colgarlo del mismo tono.

-Mami ¡Cómprame este! Mira que bonito -dije entusiasmada cogiendo uno entre mis manos.

-Lo siento María, pero no podemos gastar más por hoy -contestó muy seria. -Y haz el favor de dejar eso en su sitio.

-Vaaaa mamá… Por favor -insistí suplicando.

-¡Basta nena! Ya te he dicho que no -respondió algo molesta.

-Pero ¿Por qué no? ¿Acaso somos pobres y por eso no me lo compras? -pregunté insolente.

Entonces, papá me cogió de la mano y me llevó fuera del supermercado, mientras yo me resistía muy enfadada. No me parecía justo. Ellos compraban lo que querían y yo no podía tener un bolígrafo de la Barbie.

-Escucha María, tú sabes que yo ahora no tengo trabajo y tenemos que apretarnos el cinturón -explicó papá intentando tranquilizarme.

-¿Qué cinturón hay que apretar? ¿El del pantalón? -pregunté sorprendida.
-No cariño, es una forma de hablar. Quiero decir que ahora no podemos gastar como cuando yo trabajaba. Ya sabes que tenemos que pagar la casa, la comida y todas esas cosas que necesitamos para el día a día. No podemos gastar dinero en caprichos y a ti no te hace falta ese bolígrafo ¿Entiendes María?

-Vamos, que somos pobres -repliqué enfadada.

-No se trata de ser pobres cielo, se trata de que la situación ha cambiado y tenemos que prescindir de ciertas cosas que no son necesarias. Tienes que entender que si no ahorramos podemos pasarlo mal. Y no queremos que, ni a ti, ni a tu hermano, os falte nada -sentenció papá.

No me hacía ninguna gracia quedarme sin el bolígrafo. Pero entendí que me estaba comportando como una niña caprichosa. Acepté, a regañadientes, lo que papá me explicaba aunque no me hacía mucha gracia tener que admitir la nueva situación. Además me prometí que a partir de ahora ayudaría a mis padres y no me dejaría cegar por las cosas que en el fondo no me hacen falta. Bueno, esto último lo intentaré…